Todas las épocas o períodos de la historia de la Humanidad han sido
marcados por una doble toma de conciencia: una con respecto al pasado
inmediato que las ha forjado y otra con respecto al futuro que está
por construirse. Por otra parte, se observa que cada generación, al
mirar hacia su pasado, se ha declarado moderna en una clara toma
de distancia con respecto a éste y a lo que ha creído será su porvenir.
Sin embargo, paradójicamente, cada modernidad que ha surgido
como tal en las letras, el arte o la cultura ha sido el resultado de
una vuelta hacia atrás, de una mirada retrospectiva cargada de los valores
clásicos reinterpretados y reproducidos de una manera nueva.
Cuando el gran legislador Licurgo mandó colocar en el teatro de Dionisio
los bustos de Eurípides, Sófocles y de Esquilo, no sólo pretendía rendir
homenaje a tres de los más grandes dramaturgos de la Antigüedad, sino
marcar la pauta para los nuevos sobre lo que debería ser una auténtica
tragedia.
Los romanos, con Cicerón y Quintiliano a la cabeza, retomaron las letras
griegas como quien va a la fuente de sabiduría, para exponer y desarrollar
el arte de la retórica y formular lo que debería aprender un ciudadano
libre del Imperio. Homero y Hesíodo continuaron alimentando los espíritus,
a través del sistema del trivium académico, durante todo el período
helénico. Platón siguió vivo durante la Europa cristiana en los escritos
teológicos de los llamados Padres de la Iglesia, tal es el caso de Agustín
de Hipona, Gregorio de Nisa, Cirilo de Alejandría y otros más.
El surgimiento del cristianismo conoció dos posturas con respecto a
la Antigüedad Clásica: Clemente de Alejandría y Tertuliano. En el siglo
II, Clemente de Alejandría reconstruyó un sistema pedagógico en donde
embonaban armónicamente los clásicos griegos y el pensamiento judeo-cristiano.
Por el contrario, un siglo después, el jurista africano Tertuliano encabezó
a los radicales que resaltan la ruptura con el pensamiento antiguo de
la superstición romana y de la testarudez judía. No obstante,
ambas posturas heredan, consciente o inconscientemente, la sabiduría
de los antiguos paganos en el uso de la retórica, la sátira y demás
formas de expresión; además, son deudores de una literatura común: libros
de la Torah, los sapienciales y los proféticos.
La novedad cristiana de los primeros siglos de nuestra era se configura
paulatinamente como un mensaje que se vierte en categorías greco-latinas,
constituyendo así un género literario novedoso.
Al ocaso del mundo antiguo, resultado de las grandes invasiones nórdicas
y orientales, sucedió la reconstrucción de una Europa conformada por
diferentes reinos. Estas nuevas sociedades tuvieron que afrontar la
búsqueda de una nueva identidad, el nacimiento de lenguas nuevas, nuevos
proyectos artísticos, arquitectónicos y culturales. De nueva cuenta,
esta Antigüedad tardía y esa temprana Edad Media buscaron en el pasado
clásico sus modelos y su fuente de sabiduría. El viejo Código Teodosiano
cobró vigencia en las nuevas administraciones y el latín siguió siendo
el vehículo lingüístico más apto para conservar y transmitir la ciencia
y las diferentes disciplinas.
Una nueva categoría social surgida desde los primeros siglos de nuestra
era creció y se consolidó en los monasterios: los monjes, que a lo largo
y ancho de la Europa medieval, se consagraron a la transcripción de
las obras de la Antigüedad Clásica, transmitiendo para la posteridad
importantísimos documentos en forma de códices y manuscritos. Este patrimonio
cultural llegó a ser una herramienta de primer orden para los distintos
proyectos educativos y de evolución de las ideas.
Tomás de Aquino y la corriente filosófica que encabezó, llamada Escolástica,
en el siglo XIII, fueron una auténtica novedad con respecto a la filosofía
de corte platónico que había prevalecido durante siglos en la Edad Media.
Dicha ruptura, sin embargo, se logró gracias al redescubrimiento de
la filosofía del viejo sabio Aristóteles. Como en el siglo IV a.C.,
de nueva cuenta, dos concepciones del mundo y del conocimiento humano
se contrapusieron, pero esta vez prevaleció el realismo aristotélico.
Hacia fines del siglo XV, cuando Giovanni Pico de la Mirandola redacta
su "Oratio de hominis dignitate" (Discurso sobre la
dignidad de la persona), ya se encuentra en marcha un complejo movimiento
cultural, filosófico, literario, artístico y científico llamado Renacimiento.
La Escolástica es para estos modernos el mundo antiguo o decadente.
Ellos llevarán a cabo otra vuelta a los clásicos, pero ya no como "imitatores",
sino como "aemulatores", o sea como quienes van más
allá de la mera imitación y buscan una suerte de superación al emular
sus expresiones. Erasmo de Rotterdam resaltó la importancia del latín
y la lectura de Cicerón en su proyecto de modernización, y el francés
Du Bellay certifica que "les arts et les sciences sont
pour le présent entre les mains des Grecs et des Latins".
En esa vuelta a la Antigüedad, los hombres del Renacimiento descubrieron
un antropocentrismo y un humanismo que la Edad Media había menospreciado.
El hombre como "medida de todas las cosas", de acuerdo a lo
afirmado por Protágoras, sería más que una mera consigna en este período,
sería el telón de fondo del desarrollo de las artes, religiones y ciencias.
La figura del hombre como centro del universo pasaría a la perpetuidad
en el conocido diseño de Leonardo da Vinci. Es significativo que los
artistas de este tiempo hayan producido simultáneamente diversos retratos
de personajes y temas de la mitología clásica. El adjetivo "clásico",
que en latín hacía referencia a algo "de primera clase", comienza
a ser aplicado a los autores que se enseñaban o leían en clase para
ser imitados: esos clásicos pasarían a ser en el lenguaje del siglo
XVII simple y llanamente los autores greco-latinos.
En la España renacentista, la edición monumental de la Biblia Políglota,
obra intelectual del Cardenal Cisneros, es otro signo a la vez de la
internacionalización del saber y del aprecio por las lenguas del pasado
las cuales estaban dando fundamento a la nueva civilización europea.
Los siglos XVII y XVIII se caracterizaron por una vuelta al arte y
a la arquitectura greco-latina. Las columnas, los frontispicios corintios
y dóricos, así como el contenido mitológico de las pinturas son un testimonio
de ello. Inclusive el barroco tardío con sus columnas salomónicas es
también un reflejo del influjo clásico.
Los modernos de fines del siglo XVIII en el mundo occidental tuvieron
las mismas características. En el caso de Francia Rousseau, Voltaire,
Didérot y DAlembert protagonizaron un nuevo cambio generacional
en la historia del pensamiento, pero su vuelta al pasado fue más radical
que la de todos sus predecesores, ya que el punto de referencia para
estos hombres modernos no fue la Antigüedad Clásica, sino el período
anterior a la civilización que ha pervertido al hombre, o sea el período
en el cual el ser humano convivía en armonía con la naturaleza. El prototipo
de hombre era el inocente "buen salvaje", para el cual, la
libertad, la igualdad y la fraternidad eran algo inherente a su naturaleza,
al faltar éstas, habría que conquistarlas por la fuerza. Estos pensadores
propusieron el deísmo como la nueva había sido la más antigua
- "religión natural" que debería contraponerse a los dogmas
estructurados e institucionalizados de la civilización dieciochesca.
En el campo de la política, el antiguo régimen monárquico, hereditario
y de carácter divino, debería dar paso al gobierno del pueblo.
Pero como toda novedad no puede prescindir de su pasado inmediato,
también estos modernos hubieron de padecer la influencia de su pasado,
condición sine qua non no habrían pasado a la modernidad. Un
nuevo antropocentrismo, similar al del Renacimiento, se transluce en
las ideas y en las acciones emprendidas por esta generación. La "Encyclopedie
des arts et des métiers" es un buen ejemplo de ese intento
de construir una nueva sociedad sobre la base de un nuevo humanismo.
El arte y la arquitectura imitaron de nueva cuenta ese pasado glorioso
para Europa que fue la civilización greco-latina. Inclusive la diosa
"Razón", la cual parecía regir esa nueva era que contaba con
su propio calendario, fue también un reflejo de la antigua mitología
clásica.
Qué fabulosa lección nos aportan las generaciones de nuestros antepasados.
La vuelta al pasado, en particular al pasado clásico fue para todos
ellos una constante y casi una condición para construir un nuevo presente
o imaginar un futuro. La evocación del pasado o la reconstrucción de
la Historia, lejos de ser una disciplina teórica, ha sido el motor de
las grandes renovaciones y proyectos de las distintas generaciones que
nos han precedido.
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