La evocación del pasado, fuente de creatividad

José Luis Ramírez V

Todas las épocas o períodos de la historia de la Humanidad han sido marcados por una doble toma de conciencia: una con respecto al pasado inmediato que las ha forjado y otra con respecto al futuro que está por construirse. Por otra parte, se observa que cada generación, al mirar hacia su pasado, se ha declarado moderna en una clara toma de distancia con respecto a éste y a lo que ha creído será su porvenir. Sin embargo, paradójicamente, cada modernidad que ha surgido como tal en las letras, el arte o la cultura ha sido el resultado de una vuelta hacia atrás, de una mirada retrospectiva cargada de los valores clásicos reinterpretados y reproducidos de una manera nueva.

Cuando el gran legislador Licurgo mandó colocar en el teatro de Dionisio los bustos de Eurípides, Sófocles y de Esquilo, no sólo pretendía rendir homenaje a tres de los más grandes dramaturgos de la Antigüedad, sino marcar la pauta para los nuevos sobre lo que debería ser una auténtica tragedia.

Los romanos, con Cicerón y Quintiliano a la cabeza, retomaron las letras griegas como quien va a la fuente de sabiduría, para exponer y desarrollar el arte de la retórica y formular lo que debería aprender un ciudadano libre del Imperio. Homero y Hesíodo continuaron alimentando los espíritus, a través del sistema del trivium académico, durante todo el período helénico. Platón siguió vivo durante la Europa cristiana en los escritos teológicos de los llamados Padres de la Iglesia, tal es el caso de Agustín de Hipona, Gregorio de Nisa, Cirilo de Alejandría y otros más.

El surgimiento del cristianismo conoció dos posturas con respecto a la Antigüedad Clásica: Clemente de Alejandría y Tertuliano. En el siglo II, Clemente de Alejandría reconstruyó un sistema pedagógico en donde embonaban armónicamente los clásicos griegos y el pensamiento judeo-cristiano. Por el contrario, un siglo después, el jurista africano Tertuliano encabezó a los radicales que resaltan la ruptura con el pensamiento antiguo de la superstición romana y de la testarudez judía. No obstante, ambas posturas heredan, consciente o inconscientemente, la sabiduría de los antiguos paganos en el uso de la retórica, la sátira y demás formas de expresión; además, son deudores de una literatura común: libros de la Torah, los sapienciales y los proféticos.

La novedad cristiana de los primeros siglos de nuestra era se configura paulatinamente como un mensaje que se vierte en categorías greco-latinas, constituyendo así un género literario novedoso.

Al ocaso del mundo antiguo, resultado de las grandes invasiones nórdicas y orientales, sucedió la reconstrucción de una Europa conformada por diferentes reinos. Estas nuevas sociedades tuvieron que afrontar la búsqueda de una nueva identidad, el nacimiento de lenguas nuevas, nuevos proyectos artísticos, arquitectónicos y culturales. De nueva cuenta, esta Antigüedad tardía y esa temprana Edad Media buscaron en el pasado clásico sus modelos y su fuente de sabiduría. El viejo Código Teodosiano cobró vigencia en las nuevas administraciones y el latín siguió siendo el vehículo lingüístico más apto para conservar y transmitir la ciencia y las diferentes disciplinas.

Una nueva categoría social surgida desde los primeros siglos de nuestra era creció y se consolidó en los monasterios: los monjes, que a lo largo y ancho de la Europa medieval, se consagraron a la transcripción de las obras de la Antigüedad Clásica, transmitiendo para la posteridad importantísimos documentos en forma de códices y manuscritos. Este patrimonio cultural llegó a ser una herramienta de primer orden para los distintos proyectos educativos y de evolución de las ideas.

Tomás de Aquino y la corriente filosófica que encabezó, llamada Escolástica, en el siglo XIII, fueron una auténtica novedad con respecto a la filosofía de corte platónico que había prevalecido durante siglos en la Edad Media. Dicha ruptura, sin embargo, se logró gracias al redescubrimiento de la filosofía del viejo sabio Aristóteles. Como en el siglo IV a.C., de nueva cuenta, dos concepciones del mundo y del conocimiento humano se contrapusieron, pero esta vez prevaleció el realismo aristotélico.

Hacia fines del siglo XV, cuando Giovanni Pico de la Mirandola redacta su "Oratio de hominis dignitate" (Discurso sobre la dignidad de la persona), ya se encuentra en marcha un complejo movimiento cultural, filosófico, literario, artístico y científico llamado Renacimiento. La Escolástica es para estos modernos el mundo antiguo o decadente. Ellos llevarán a cabo otra vuelta a los clásicos, pero ya no como "imitatores", sino como "aemulatores", o sea como quienes van más allá de la mera imitación y buscan una suerte de superación al emular sus expresiones. Erasmo de Rotterdam resaltó la importancia del latín y la lectura de Cicerón en su proyecto de modernización, y el francés Du Bellay certifica que "les arts et les sciences sont pour le présent entre les mains des Grecs et des Latins".

En esa vuelta a la Antigüedad, los hombres del Renacimiento descubrieron un antropocentrismo y un humanismo que la Edad Media había menospreciado. El hombre como "medida de todas las cosas", de acuerdo a lo afirmado por Protágoras, sería más que una mera consigna en este período, sería el telón de fondo del desarrollo de las artes, religiones y ciencias. La figura del hombre como centro del universo pasaría a la perpetuidad en el conocido diseño de Leonardo da Vinci. Es significativo que los artistas de este tiempo hayan producido simultáneamente diversos retratos de personajes y temas de la mitología clásica. El adjetivo "clásico", que en latín hacía referencia a algo "de primera clase", comienza a ser aplicado a los autores que se enseñaban o leían en clase para ser imitados: esos clásicos pasarían a ser en el lenguaje del siglo XVII simple y llanamente los autores greco-latinos.

En la España renacentista, la edición monumental de la Biblia Políglota, obra intelectual del Cardenal Cisneros, es otro signo a la vez de la internacionalización del saber y del aprecio por las lenguas del pasado las cuales estaban dando fundamento a la nueva civilización europea.

Los siglos XVII y XVIII se caracterizaron por una vuelta al arte y a la arquitectura greco-latina. Las columnas, los frontispicios corintios y dóricos, así como el contenido mitológico de las pinturas son un testimonio de ello. Inclusive el barroco tardío con sus columnas salomónicas es también un reflejo del influjo clásico.

Los modernos de fines del siglo XVIII en el mundo occidental tuvieron las mismas características. En el caso de Francia Rousseau, Voltaire, Didérot y D’Alembert protagonizaron un nuevo cambio generacional en la historia del pensamiento, pero su vuelta al pasado fue más radical que la de todos sus predecesores, ya que el punto de referencia para estos hombres modernos no fue la Antigüedad Clásica, sino el período anterior a la civilización que ha pervertido al hombre, o sea el período en el cual el ser humano convivía en armonía con la naturaleza. El prototipo de hombre era el inocente "buen salvaje", para el cual, la libertad, la igualdad y la fraternidad eran algo inherente a su naturaleza, al faltar éstas, habría que conquistarlas por la fuerza. Estos pensadores propusieron el deísmo como la nueva – había sido la más antigua - "religión natural" que debería contraponerse a los dogmas estructurados e institucionalizados de la civilización dieciochesca. En el campo de la política, el antiguo régimen monárquico, hereditario y de carácter divino, debería dar paso al gobierno del pueblo.

Pero como toda novedad no puede prescindir de su pasado inmediato, también estos modernos hubieron de padecer la influencia de su pasado, condición sine qua non no habrían pasado a la modernidad. Un nuevo antropocentrismo, similar al del Renacimiento, se transluce en las ideas y en las acciones emprendidas por esta generación. La "Encyclopedie des arts et des métiers" es un buen ejemplo de ese intento de construir una nueva sociedad sobre la base de un nuevo humanismo. El arte y la arquitectura imitaron de nueva cuenta ese pasado glorioso para Europa que fue la civilización greco-latina. Inclusive la diosa "Razón", la cual parecía regir esa nueva era que contaba con su propio calendario, fue también un reflejo de la antigua mitología clásica.

Qué fabulosa lección nos aportan las generaciones de nuestros antepasados. La vuelta al pasado, en particular al pasado clásico fue para todos ellos una constante y casi una condición para construir un nuevo presente o imaginar un futuro. La evocación del pasado o la reconstrucción de la Historia, lejos de ser una disciplina teórica, ha sido el motor de las grandes renovaciones y proyectos de las distintas generaciones que nos han precedido.

 

Bibliografía

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