En busca de Aztlalli o la reinterpretación
de la realidad
Armando Torres R.
Lejos han quedado los tiempos de frases como "hasta
no ver no creer", cuando dejábamos a nuestro(s) sentido(s) definir
si lo que llegaba a nuestra percepción sería considerado o no como cierto,
cuando se podía separar lo verdadero de lo falso. La tecnología cedió a
la fotografía el honor de erigirse en la prueba auténtica, acuñando otra
frase popular: "una fotografía dice más que mil palabras". La
extensión de la vista, según el filósofo canadiense Marshall Mc Luhan, cumplía
fielmente con su función.
Sin embargo, la fotografía y el video como documentos no son suficientes,
necesitan de todo un contexto que les otorgue el valor de verdaderos por
parte de las estructuras que la sociedad reconoce como legitimadoras: el
gobierno, el periódico, la ciencia, el libro de texto o el museo.
En 1993, el Rochester Institute of Prospective Anthropology presentó una
exposición monográfica sobre la civilización perdida de los retseh-cor.
En ella se mostraban fotografías de excavaciones, de restos pictóricos y
escultóricos; croquis de antiguos exploradores; fotografías de un cocatrix,
extraño animal que la civilización perdida identificaba como ser mitológico
y videos ilustrativos de las expediciones del Dr. Ducroquet, quien logró
registrar a este animal ahora extinto.
La experiencia fue apasionante, no precisamente por el descubrimiento,
sino porque cada uno de los elementos presentados en la exposición, así
como la institución y el explorador eran totalmente falsos, no existían.
Este proyecto fue urdido por Joan Fontcuberta, fotógrafo español que trataba,
con esta idea, de "confrontar al espectador con sus rutinas y automatismos
de interpretación de la realidad, y con el pobre espíritu crítico con que
habitualmente tienen lugar estos procesos." (Fontcuberta, 1997). Para
Fontcuberta la fotografía hacía el papel de autentificador, el lenguaje
utilizado en los folletos y en el video, así como el hecho de que la presentación
estuviera avalada por una institución aparentemente científica, lograban
en el espectador la ilusión de una verdad, enfrentándolo con sus propios
niveles de credibilidad.
Este juego creativo del fotógrafo español cuestiona los mecanismos que
tiene el individuo en sociedad para aceptar las cosas como ciertas y lo
que puede reconocer como falso. Nos prueba que la manipulación está más
cerca de lo que creemos.
A partir de estas ideas surgió el proyecto de Aztlalli. El martes 25 de
noviembre de 1997, en una de las salas destinadas a exposiciones itinerantes
del Museo Regional de la Ciudad de Córdoba, se presentaron los primeros
resultados de las investigaciones arqueológicas realizadas en una zona de
Veracruz cercana a Córdoba sobre una civilización prehispánica desconocida:
Aztlalli.
El folleto que se repartía en la entrada de la sala decía:
Fray Servando De Lope, en su escrito 'los indios de la
Vera-Cruz' describe la vida de la comunidad: 'Es sorprendente cómo este
grupo de indios trabajan bajo principios de repartición de actividades
como en Europa... El pueblo se encuentra casi escondido entre las montañas,
la ciudad está distribuida alrededor del palacio principal, una enorme
pirámide en cuyo centro se encuentra el altar mayor y en su cúspide, el
trono del rey'.
Cerca del año de 1840, el francés Pierre
De Virl, antropólogo dedicado al estudio de las culturas indias en México,
encuentra casi por casualidad los escritos de Fray Servando, quedando
completamente maravillado con las historias escritas en esos viejos papeles
y decide ir en busca de este lugar para comprobar su existencia.
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Mapa del siglo XVIII de Aztlalli
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De Virl tarda cinco años en encontrar
un sitio parecido al descrito en las memorias del fraile -ya que
éste no había dejado en claro la ubicación exacta- por lo que muchos
de sus colegas abandonan la búsqueda, dejándolo solamente con su
ayudante.
Parecía que Aztlalli estaba destinada
a estar oculta por toda la eternidad, pero en el año de 1990, Marc
Wiston, antropólogo de la Universidad de California retoma las investigaciones
de De Virl al comprar en una subasta los escritos y otros efectos
del francés. Cinco meses de excavaciones fueron suficientes para
encontrar los primeros vestigios de la ciudad perdida, siendo una
especie de sartén de barro y una pequeña pieza del mismo material
lo descubierto; poco a poco se han encontrado más piezas cuyo valor
arqueológico es incalculable, aunque aún no se han hallado cadáveres
de los habitantes. El siguiente paso es rescatar la pirámide central,
de la cual, aparentemente, se sabe la ubicación exacta, ya que está
en una montaña repleta de árboles y maleza, cuyas características
son similares a las descritas por Fray Servando...
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En la sala, el asistente podía ver algunas fotografías de la montaña y
de la excavación (en blanco y negro), fotografías que representaban a De
Virl, así como efectos personales. También, dentro de una urna de cristal,
se podían contemplar algunas piezas de barro pertenecientes a las primeras
excavaciones y, por último, un video donde Marc Wiston era entrevistado
sobre el trabajo realizado hasta la fecha.
Lo que no se daba a conocer era que las fotografías habían sido realizadas
apenas quince días antes de la exposición, que las imágenes del explorador
y sus efectos personales, así como las figuras de barro que eran imitaciones
de obras prehispánicas, pertenecían pertenecían a recuerdos familiares de
los creadores del proyecto. El video presentaba a una persona norteamericana
hablando en inglés y una voz en español que traducía la información, sin
embargo, la traducción no tenía nada que ver con lo que la persona explicaba,
ya que el entrevistado era un profesor norteamericano que hablaba de su
vida.
| La falsedad del hecho podía ser distinguida por cualquier receptor
avispado. Las fotografías que mostraban la excavación presentaban hoyos
en la tierra mal realizados, las figuras de barro pertenecían a grupos
prehispánicos identificados, en el video se podía escuchar la voz del
profesor norteamericano hablando de su vida y el mapa que mostraba el
lugar, según De Virl, podía haber sido elaborado por cualquier clase
de persona.
Sin embargo, el folleto y el lugar le daban un aire de respetabilidad
al hecho que hacía dudar a más de un asistente. Posiblemente pensaban:
"si está en un museo no puede ser mentira", además el visitante
está poco acostumbrado a preguntar por la información que recibe en
estos lugares, por tanto, no distinguía lo verdadero de lo falso.
El acto manipulatorio fue un éxito.
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Objeto encontrado en excavación
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Fontcuberta, como se dijo antes, en su ejercicio confrontó al receptor,
no con la falsedad creada por el emisor, sino con sus niveles de credibilidad.
Las personas o los objetos no son creíbles en sí mismos, son los receptores
los que le otorgan esta posibilidad. Esto nos muestra que cada vez en mayor
medida hemos dejado a la institución y sus herramientas la construcción
de lo generalmente aceptado como verdad y cada vez menos a nuestra capacidad
de razonar sobre la información que recibimos. Esto, por supuesto, es un
grave riesgo.
El trabajo de "Aztlalli" fue realizado por alumnos
de la carrera de Ciencias de la Comunicación del Campus Central de Veracruz.
Ellos fueron: Citlalli Rosas, Mariana Rivera, Verónica Zárate, Roselia Carrillo
y Alfonso Arroyo.
La exposición se presentó en el Museo de Córdoba un solo
día gracias a la cooperación entusiasta del director de la Institución,
el antropólogo Enrique Aguilar Zapien.
Bibliografía
FONTCUBERTA, Joan. El beso de Judas. Fotografía y verdad. Barcelona.
Ed. Gustavo Gili, S.A., 1997.