Baila para mí
Janell de la
Rosa.
He said, dance for me fanciful
gentile
Llegó surcando
espirales de humo divino, mandado por la poderosa fuerza del deseo
que ella, milenios atrás, había conjurado sin darse cuenta. La
vio desde el primigenio montículo desnudo; ella, con su capa roja
de terciopelo antiguo sobre un cuerpo que no sentía sino frío
y él, con las mismas ropas medievales de la última vez.
"He llorado
días, he llorado noches, para recibir una señal de que te encuentras
cerca. Ven y trae paz a mi vacío y negro corazón"
Bajó de un caballo
mitológico algo borrado por las tormentas que el Génesis negó tantas veces
y supo de inmediato a qué había llegado, sin dudarlo. Se acercó a ella
envuelto en nubes de olvido; no la reconoció pero algo le dictó que debía
hablarle, con un lenguaje inventado hace millones de amores y guerras
atrás. "Baila para mí", le dijo sin despegar los labios, sin
cerrar los ojos.
Trató de memorizar
su cara; rozó con su mirada cada centímetro de ella, que no se movía ni
parecía reconocerle tampoco. ¿Habría escuchado?. No era una petición;
no había posibilidad de negarse; era una orden de esas que se les dan
a los Mesías o a los elegidos para seguirlos.
"Toca la cara del único
Dios, sin articular palabra, sin cuestionar. Baila para mí",
repitió él en un mutismo completo y cómplice, con la noche como aliada.
"Mi amor dura mucho, como
un cielo azul de mañana... de madrugada egea"
Él, envuelto en
recuerdos de años, rodeado de capas invisibles de tulipanes sangrantes,
vestía de negro en los ojos, de azul en las manos y de rojo en la boca.
Tomó la mano de ella con tacto que la hizo recordarlo... y la noche se
borró de pronto.
Bailaron, por décadas,
por ríos selváticos, por mares y cataclismos. A través de los tiempos
mutilados y en muchos idiomas. Cerca o lejos, se sabían juntos en el espacio
de algún sueño que los hacía sentir seguros, dueños de sus propios miedos
y en conjunción eterna, aunque la pudieran perder en un segundo.
Ella. En su escote,
en su pecho exaltado, gotas mínimas se perdían entre sus senos y una pequeña
medalla plateada palpitaba junto a su corazón, cimbrándose en cada latido,
entre humedades saladas, sobre su piel iridiscente.
Un broche, incrustado
de concha nácar y esmeraldas en rosetón, sostenía su pelo que se revolvía
por suspiros divinos que entraban por los ventanales entreabiertos y jugaban
con las mechas que caían, de una en una, en una frente algo marchita.
Sobre su nariz
se posaban motas de polvo cósmico que no intentaría sacudir. De sus oídos
colgaban reflejos de diamante que nunca serían tan luminosas como sus
ojos. Labios rosados de hembra, por primera vez tibia... casta.
Las gasas color
durazno pálido sobre los ventanales volaban en ritmos desordenados y desesperados
para intentar inútilmente estirarse tanto como para rozar las columnatas.
Éstas goteaban y se dibujaban sobre su superficie patrones de vapor en
diferentes densidades; de agua pura, de agua salada, de agua de pila bautismal.
Ellos saboreaban
las nubes y los perfumes. Surcaron caras tristes, caras de niños, con
sus manos unidas en un entrelazado tejido por arañas salvajes, venenosas.
Pisaron el hambre, el vacío y cayeron en varias grietas que la espera
les había reservado para la ocasión.
Se encontraron
y bailaron.
Bailaron, y él
de repente movió un planeta con un suspiro que había guardado en un baúl
hace algunos segundos de tiempo eterno atrás.
En un salón verde,
el aire los imantaba el uno contra el otro. Las luces que cruzaban por
entre sus pies sin descanso dibujaban patrones en sus pieles quebradizas
por la espera.
El suelo cambiaba
de consistencia: ahora lava, ahora piedra, ahora hielo, ahora agua, mientras
las llamas de su encuentro evaporaban las lágrimas que ella, inocentemente,
dejaba salir de sus ojos cansados de dejar de llorar.
"Ríe por un rato que haré
que tu corazón vuelva a sentir; no me haré responsable más que por
la parte que me corresponde, aquí, esta noche"
El brazo de él cruzaba la cintura
de ella ciñéndola como empuñando una espada inexistente incrustada en
una piedra en algún lugar imaginario de Inglaterra; ella se dejaba sujetar,
cómo no hacerlo, mientras enumeraba las posibilidades que su imaginación
le dictaba y que estuvo alimentando todo este tiempo.
Murmuraba, en lenguas,
que el broche de piedras preciosas que tenía sobre la cabeza, donde se
enredaba tiernamente el pelo encanecido por burbujas, debió ser un regalo
de él, en alguna otra vida, que hizo que la encontrara esta noche, aquí,
sentada entre las almas en pena y que la escogiera, de entre todas, a
bailar esta danza sublime de enredaderas celestiales, de sirenas encantadas.
Era él, no cabía
duda, quien la ceñía ahora, quien estuvo buscando debajo de las miradas,
de la marea revuelta, de las nubes donde creía ver formas de rostros desconocidos.
Él.
Ella. Su vestido,
las puntas de su falda, dibujaban olas, mares, que hacían desaparecer
pueblos, morir animales.
Se mecían en un
hilo de seda egipcia, resbalando con cuidado por la orilla mientras la
música, que salía de sus poros, tocaba melodías truncas y llenaba el cuarto
de notas y suspiros color violeta.
Manchaban la noche
con sus tonos rojizos y plomo, con sus cabellos al aire, con las manos
entrelazadas.
Chocaban metales,
sonaban estruendos que ninguno notaba pero que provocaban sin querer.
Se fundían elementos sin descubrir aún, entre sus cuerpos, que los unían
aún más y desaparecían con destellos plateados y rosas pálido.
El reflejo de sus
siluetas en las paredes, en el agua, en el hielo, salvaba a la noche de
morir, de perder su inmaculado placer de cómplice.
"No puedo creer lo que
Dios me ha mandado. No puedo creer. No creo"
Sus caras y sus
ojos estaban separados sólo por la pátina del tiempo que no los dejaba
disfrutarse del todo. Demasiados días, demasiadas noches, no habían dejado
que ella empezara a extrañarlo, siempre lo pensó cerca, siempre al acecho
de venir, levantarla en brazos y comenzar a susurrarle al oído una copla,
un soneto, una canción de amor etrusca.
Y abrazarla.
Y bailar.
Como ahora hacían,
sin siquiera reparar en las luciérnagas, los capullos de mariposa, la
nieve; en nada.
Cabían sólo dos
palabras en sus cuerpos, extasiados de ambarinas secreciones: Te quiero,
se decían sin más que verse a los ojos en un ritual que, no lo sabían
de cierto, habrían repetido con ese mismo entusiasmo, en vidas anteriores,
en abrazos similares y en entregas como esa, cronicadas por poetas en
todas las lenguas alguna vez articuladas o imaginadas, captados en su
perenne abrazo por pinceles que jamás llegaron a imitar la luminosidad
de sus miradas en constante resonancia.
Eran ellos, en
medio de todo lo demás.
"Mañana saldré de ti como
ahora entre, sin avisar. Cambiaré de piel, de alma si es necesario,
para poder volver a buscarte en los sueños de otra, de otros, y llegar
al mismo lugar, y reconocerte, y bailar, y salir de ti... como ahora".
La humedad le provocaba sueño.
Ella decía que la adormilaba tanta felicidad sin decirlo, pero con la
convicción, la certeza, de que si se dormía, todo esto sería el sueño
que le faltaba tener antes de morir. Tenía miedo de morir después de despertar,
si es que esto no era ya el sueño final y que cuando el viaje, la música
y el aire se terminaran, llegaría al túnel de musgosas paredes donde siempre
imaginó que pasaría la eternidad; sola, como antes.
Él olía a especies,
a clavo, y su sudor le enmarcaba la cara como un círculo de santidad que
exhalaba a cada paso y deformaba en cada sonrisa. No hablaba, sólo bailaba
con todo su ser ahí, aquella noche.
Veía cómo la noche
perdía claridad para dar paso a la oscuridad de la mañana, donde él no
existiría más y ella, probablemente, no tendría nombre.
"Amanecerá. Estoy segura."
Un último suspiro
y sus pies se detienen, ambos pares, al mismo tiempo.
Cae la mañana y
los velos comienzan a evaporarse. El hielo del suelo se vuelve pegajoso,
sucio, marcado para siempre por su baile eterno.
Cae la mañana,
y se cierran las ventanas a la luz primera del día.
Ella cierra los
ojos, se toca la frente con una mano mientras la otra todavía lo sujeta;
suda felicidad, exhala alegría, inhala miedo.
Él suelta su mano
para volver a su encuentro.
Ella le da la espalda
en un arranque de súbito pudor. Se sonroja mientras camina lentamente
a la orilla de la pista.
Pensó que él la
seguía, que la llevaría de la mano a su cama, a su noche sin mañana, y
que toda su vida cambiaría.
Cuando él soltó
su mano, sacó de su saco un sobre de noche que llevaba dentro la tristeza
de una mujer sola, mientras ella le daba la espalda y caminaba.
Murmuró algo que
ella no alcanzó a escuchar, tal vez una promesa, tal vez otra orden, otro
"Baila para mí" o un adiós, cualquier cosa.
Ella nunca lo supo
porque al ponerse el abrigo el broche cayó al suelo y se destrozó, los
reflejos de las piedras, de los candiles, la cegaron, y no pudo verlo
irse.
Él subió al caballo
de fuego que lo llevó esa noche, aquella noche, y partió.
Ella nunca volvió
a verlo.
Jamás supo si aquello
había sido un sueño o si volvería a poder quedarse dormida alguna vez.
Ella nunca volvió
a soñar.
Él nunca volvió
para preguntarle su nombre.
No tenía con qué
recordarla.
No volvió a pensar
en ella.

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