Nadie sabe de lo que es capaz hasta que enseña
Rafael Cota Rivas
Así decía mi abuelo, un profesor de escuela rural por allá en los albores
del siglo XX. Yo no lo conocí, pero mi padre -igual maestro- me platica
de vez en cuando lo que dijo mi abuelo.
Platicaba yo en una ocasión con un notable maestro, de esos que pasan años
frente a las aulas y que ven como su cabello va cambiando de color hasta
alcanzar el tono del gis; sobre la importancia de la educación; de cómo
los países triunfan o fracasan según sea su nivel educativo y el aparato
que lo soporta; me platicaba de cómo era en sus primeros tiempos, de cómo
tenía que levantarse tempranito para ir a la escuela y tener todo listo
en su aula, en donde tenía alumnos de todos los niveles al mismo tiempo
porque su escuela sólo contaba con un aula y un solo maestro: él. Por supuesto
que se sentía orgulloso de haberla construido con sus propias manos, con
la ayuda de los vecinos del pueblo, los mismos padres de familia que mandaban
a sus hijos a estudiar con la esperanza de que aprendieran algo más que
cultivar la tierra, siquiera a leer y escribir.
No olvido, y probablemente nunca lo haga, una de sus frases que se ha convertido
en algo así como una frase de todos mis días. En un momento de nuestra plática
llegamos a hablar del profesor, de esa persona que juega muchos roles en
la sociedad, quizá demasiados, y algunos sin pedirlos ni quererlos, de cómo
debía vestirse bien aun cuando no le alcanzaba el sueldo, de cómo debía
de escoger muy bien sus palabras antes de hablar, de cómo no debía de beber
en las fiestas del pueblo, de asistir a la iglesia todos los domingos y
de, eso sí, nunca fallar a sus labores. Me confesó como entre amigos, que
el secreto para ser un buen maestro era el ser un buen actor y un mejor
manipulador.
Hay que actuar, me dijo, porque el saber entra mejor cuando es en "vivo
y technicolor". Hay que saber escoger el escenario, el tono de la voz,
los silencios, el movimiento del cuerpo y la expresión de la cara, como
los actores, el guión puede ser el mismo para todos, pero la persona que
lo interpreta es la diferencia entre una buena clase y otra mala. Pero también
hay que dominar el arte de la manipulación. Se detuvo como esperando a que
viniera mi pregunta, como si ya estuviera preparando su siguiente línea
y, cuando le pregunté sobre la manipulación, me dijo categórico: "La
manipulación es el arte de hacer que los demás se salgan siempre con la
tuya."
Me dio risa, no porque su expresión fuera la de una marcha triunfal, sino
por la simplicidad del concepto. Para él enseñar se reducía a una buena
actuación y una mejor manipulación.
Pero todo con una meta específica, me dijo otro profesor durante una cena.
No se trata de actuar así como así, hay que buscar también el guión adecuado.
No todos los guiones tienen tela de dónde cortar buena ropa. Además, los
guiones son fantasía, ciencia-ficción; un maestro debe de actuar la realidad,
no sólo la realidad pasada, sino la presente y saber llevar el final muy
cerca de la realidad futura, si es que el término existe. Y no te olvides,
me repetía con insistencia, que también las buenas películas fracasan si
no se tienen cines donde proyectarlas ni anuncios para promocionarlas.
Un buen profesor, con una técnica depurada y una buena clase, necesita
de una buena escuela, donde tenga lo necesario para montar su show;
con un público que sepa apreciar y aproveche el espectáculo; la escuela
debe ser autosuficiente, no es posible que sea gratuita y tampoco es posible
que no se vea como un negocio. En nuestra sociedad no hay meta que se cumpla
si no hay dinero de por medio; la iniciativa privada es una buena opción
para darle al maestro todo ese aparato que necesita para hacer llegar a
sus alumnos el mensaje.
Nos quedamos serios porque nos perdimos en una serie de metáforas que a
lo mejor no nos estaban llevando a nada claro. Terminamos la cena y nos
fuimos a nuestras casas, me imagino que cada cual cavilando lo platicado.
A mí aún me faltaba comprender un poco más eso de la enseñanza, como que
a duras penas entendía que existía una persona que era responsable de que
otras aprendieran, y eso de tener todo un aparato detrás de ello como que
no se ajustaba a mi corto entendimiento; por lo menos así fue hasta que
me topé con un antiguo amigo de mi padre. También era profesor, aunque en
esa época trabajaba de tiempo completo en el sindicato, como representante
de no sé qué en alguna de sus secciones.
Me dijo todo lo que hacía, me envolvió en un sinfín de problemas que requerían
de tiempo, dinero y esfuerzo para su solución. Conocí por primera vez el
concepto de hora-semana-mes, lo cual no quiere decir que lo haya entendido.
Me enteré del escalafón magisterial y de que había prestaciones especiales
para maestros jubilados. También me dijo que no todos los profesores estaban
afiliados al sindicato y que, algunos de ellos, estaban un poco trastornados
por la crisis, que se habían rebelado en contra de la dirigencia sindical
y que hacían marchas en las principales ciudades, demandando mejores condiciones
y salarios; son una bola de flojos que lo único que buscan es el poder
y que no se preocupan por lo que suceda en sus escuelas donde no hay nadie
que dé las clases a los estudiantes. Me quedé perplejo.
En un corto período de tiempo había pasado de un profesor dedicado cien
por ciento a su escuela y sus estudiantes, a uno empecinado en entender
la labor docente como una especie de negocio, para terminar en otro que
ni siquiera había estado frente a un grupo en los últimos 15 años y tomaba
decisiones vitales para la educación de nuestros niños.
Recurrí a mi padre, le pregunté acerca del abuelo suponiendo que me platicaría
de cuando era maestro y de cómo vivían ellos cambiando de vivienda y amigos
cuando su padre iba a construir a iniciar una nueva escuela; pero no fue
así, al contrario, me platicó de sus maestros, los que tuvo en su vida y
lo que habían hecho por él.
Me llamó la atención que no mencionara en sus anécdotas nada relacionado
con los temas de las clases, con los contenidos, nunca dijo algo así como:
"sus ejemplos y la forma en que explicaba las matemáticas lograron
que aprendiera los quebrados...", tampoco algo así como: "me hizo
aprenderme todos los nombres de los estados y desde entonces no se me han
olvidado..."; me platicó de detalles nimios sobre ellos, de cómo vestían,
de cómo hablaban, de lo que hacían a la hora del recreo, de lo que platicaban
cuando se los encontraba en la calle, de cómo jugaban con sus hijos en el
parque y de cómo paseaban tomados de la mano de su esposa al asistir a misa
los domingos.
Recuerdo que mencionó que en alguna ocasión llevaba una clase muy temprano,
una clase a la que todos llegaban dormidos, mal peinados, sin bañarse y
siempre tarde, hasta que un día el maestro no llegó a tiempo, y cuando lo
hizo fue sin peinarse, desfajado y con la camisa arrugada, se veían lagañas
en sus párpados; dio su clase con desgano y salió más temprano. Al siguiente
día todos llegaron a tiempo, bien vestidos, bañados y despiertos. Habían
aprendido la lección.
Era mi última noche en casa, debía de presentarme en mi nuevo trabajo al
día siguiente y debía partir. Fue mi padre a mi habitación a desearme las
buenas noches y me dijo que no se explicaba cómo había yo terminado aceptando
un trabajo de maestro, que él nunca quiso que yo lo fuera, ni ninguno de
sus hijos.
Esas fueron sus palabras, pero esa ocasión mi padre no fue un buen actor:
su cara, sus ojos, su tono de voz me dijo a voz en cuello que se sentía
orgulloso, que había soñado con el día en el que yo fuera maestro y que
sabía que no había mejor trabajo que el enseñar. No fue un buen actor...me
dio gusto, sin embargo, que aún conservara el dominio de la manipulación.