Una reflexión en torno a educar en y para la democracia será el tema que
se abordará en las siguientes líneas. El punto de partida será el concepto
de democracia relacionado con el papel y la educación del ciudadano.
Antes de adentrarse en el tema se considerará que la democracia ha sido
definida y analizada desde diversas perspectivas, tanto a la luz de sus
raíces endógenas como de sus implicaciones internacionales.
Conceptos de democracia.
Norberto Bobbio manifiesta que la democracia es el "conjunto de reglas
(primarias o fundamentales) que establecen quién está autorizado para tomar
las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos." (1996:24) Por
su parte, Jürguen Habermas define la democracia como el proceso discursivo
y argumentativo de formación de una voluntad común. (en Touraine, 1998:
253) Así pues, todas las instituciones deben estar bajo la supervisión de
los ciudadanos, quienes deben tener iguales oportunidades para participar
en la toma de decisiones. Como se puede observar esta segunda definición
es más abierta e implica nuevas variantes.
Se sabe de la indeterminación y la elocución que resulta de la acepción
de democracia en el lenguaje, pero esto no quiere decir que la democracia
no sea un concepto; la democracia es una palabra que no tiene un significado
único. Este término siempre será para muchos un caro principio y, sólo por ese motivo, es probable que nunca llegue
a tener un único significado. La democracia es un término discutible, y
por eso siempre será posible extenderlo a nuevos ámbitos del ejercicio de
la misma, lo cual no implica que su estado perfecto sea alcanzable.
Suponer que en este siglo podamos por fin definirla perfectamente e incluso
afirmar que también es ahora cuando la democracia ha llegado
a su plenitud, es caminar a ciegas, no sólo a las probabilidades del futuro
sino también a las certezas del pasado.
En la época de las dictaduras militares, hubo quienes parecían estar resignados
al régimen que tenían. Sin embargo, los ánimos revivieron cuando se avizoró
la posible transición hacia la democracia. Evidentemente, cada país vivió
esta etapa de manera diferente. La mayoría de las veces las transiciones
se dieron en medio de relativa paz mediante pactos entre las élites en el
poder y los partidos políticos de oposición.
No obstante, los partidos políticos parecen estar al servicio de un candidato
más que de los intereses sociales. No hay duda que los ciudadanos participan
en las elecciones con el firme propósito de contribuir a la mejor realización
de una política democrática. No obstante, al final se sienten decepcionados,
mal representados y pierden confianza en los dirigentes. Es aquí donde el
ser social debe jugar un papel determinante, no sólo como ente crítico sino
como ente capaz de diagnosticar los posibles errores y proponer soluciones
que conlleven a un mejor ejercicio de la democracia. Este espacio tendrá
que ser creado por los ciudadanos y extenderse a los diversos ámbitos de
la vida social.
Experiencia mexicana.
Para los mexicanos, la lucha por la democracia se remonta a un largo proceso
histórico y prácticamente hace su aparición en 1910, bajo la convocatoria
de Francisco I. Madero, quien amparaba el "Sufragio Efectivo, No Reelección".
Así fue como los mexicanos se organizaron y alzaron en armas para hacer
la primera revolución latinoamericana del siglo XX. Es válido afirmar que
la Revolución Mexicana cambió radicalmente el rostro político del país,
incorporando reinvindicaciones agrarias, oportunidades abiertas a todos,
ejercicio efectivo de los derechos políticos, estabilidad y paz social fundados
en la justicia y la libertad. Recientemente el proceso democrático y sus
instituciones se han transformado de manera significativa. Esta evolución
nos refleja una sociedad con una nueva cultura política, la cual se manifiesta
en los cambios institucionales y en el nuevo comportamiento de los ciudadanos,
que son en última instancia, los testigos de una transformación política
sustancial.
El México de hoy vive una competencia libre y pluralista de partidos políticos,
la celebración de elecciones para ocupar mandatos y funciones públicas,
elecciones bajo la supervisión de un organismo como el Instituto Federal
Electoral (IFE) que en tiempos pasados era impensable y a nivel del Partido
Revolucionario Institucional (PRI) somos testigos de las primeras elecciones
internas abiertas de este partido.
Se puede decir que la democracia ha llegado de la mano de las reformas
liberalizadoras; sin embargo, los resultados de éstas reformas siguen siendo
pobres. Según el informe sobre desarrollo humano de 1999, elaborado por
el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, y considerando que la
población de México es de 90 millones; 33 millones de la población mexicana
vive por debajo del límite nacional de pobreza, 14 millones no tienen acceso
a agua potable y 8 millones no tienen servicio de salud. En cuanto a educación,
10 millones son analfabetas. (Medina, 1999: 1).
Como ya se manifestó, la democracia es fuerte en el ámbito de las elecciones,
pero débil como proyecto de realización personal y colectivo. En este sentido
el espíritu democrático pierde consistencia al no garantizar un mejoramiento
de las condiciones socioeconómicas. Ante esta situación, los individuos
ya no sueñan con una sociedad igualitaria, sólo desean construir una sociedad
donde se pueda vivir.
El ciudadano y la educación.
Uno de los muchos elementos que se requiere al hablar de democracia es
pensar en el ciudadano. Actualmente la ciudadanía está a medio hacer, y
su única posibilidad de solidificarse es que se encuentre en un horizonte
de proyectos y expectativas de bienestar colectivo, lo cual no será posible
sin la equidad de una sociedad que gesta la creación y evolución de un estado
democrático. Aquí es de vital importancia el rol que juega el individuo
y me refiero concretamente al ciudadano. John Stuart Mill realiza una distinción
entre ciudadanos activos y pasivos, y a la vez específica que en general
los gobernantes prefieren a los segundos porque es más fácil tenerlos controlados
pero la democracia necesita de los primeros, quienes son los verdaderos
actores sociales y agentes de progreso. (en Bobbio, 1996: 39)
Como docentes se debe procurar formar ciudadanos activos e innovadores
de la vida diaria, y como sugiere Arriola Carlos se debe formar ciudadanos
que estén conscientes de que gozan de derechos pero que también tienen obligaciones.
(1994:10) De hecho, la comunidad y la escuela constituyen espacios ideales
donde se puede iniciar el aprendizaje de hábitos democráticos. En este sentido,
es fundamental trazar programas para que el alumno conozca la historia de
su país y su medio social, así como para inducirlos al propósito de instaurar
una colectividad de hombres libres y responsables que decidan por sí mismos
sus objetivos y necesidades.
Por último es recomendable reconocer, parafraseando a Jaime Torres Bodet,
que al final de cuentas el tipo de persona que se preparará será un individuo
que estimule armónicamente la diversidad de sus facultades a través de la
enseñanza, dispuesto a la prueba moral de la democracia, no como una mera
estructura jurídica, sino como un sistema de vida orientado constantemente
al mejoramiento económico, social y cultural del pueblo; interesado sobre
todo en el progreso de su país; apto para percibir sus necesidades y contribuir
a satisfacerlas; resuelto a afianzar la independencia política y económica
de la patria, no sólo verbalmente, sino con su trabajo, su energía, su competencia
técnica, su espíritu de justicia y su ayuda cotidiana y honesta a la nación;
en fin, un ciudadano que sepa ofrecer todo su esfuerzo a la obra colectiva
y asegurar la igualdad de derechos de todos los hombres.
Fuentes
Arriola, Carlos. Textos para el cambio. Porrúa: México, 1994.
Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. F.C.E.:México, 1996.
Bovero, Michelangelo. Los adjetivos de la democracia. I.F.E.:México,
1995.
Cortina, Adela. Ética aplicada y democracia radical. Editorial Tecnos:
Madrid, 1993.
Mardones, José María. Postmodernidad y neoconservadurismo. 2a.ed.
EVD: Estena, 1996.
Medina, María Elena. "Decae el desarrollo humano en México"
A.M. 13 de julio de 1999.
Ortega, Pedro y Saez, Juan. (editores): Educación y democracia. Cajamurcia,
1993.
Tocqueville, Alexis, Charles. La democracia en América. Sarpe: Madrid;
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Touraine, Alain. ¿Podremos vivir juntos? F.C.E.: México, 1998.
Mardones, José María. Ética del discurso y democracia. Curso en
Universidad Virtual. 9 de enero de 1999.