El pasado de
la agricultura en México
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Gabino de Alba
Esta etapa comprende
de la Conquista a la Revolución, son 400 años de agricultura con
tecnología empírica, producto sincrético entre lo indio (maíz,
frijol, calabaza) y lo español (caballo, vaca, cabra, caña de
azúcar, arroz, trigo).
Este sincretismo
se dio principalmente, pero no únicamente, en dos áreas: los valles centrales
(México, Puebla y Toluca) y la Gran Chichimeca (toda el área del altiplano,
desde Querétaro hasta Saltillo). En los valles centrales el primer paso
consistió en incorporar la oveja y el asno, y después el cerdo, en la
agricultura india. Esto fue obra de los frailes franciscanos que evangelizaron,
pero también transculturizaron a los conquistados; bien mirado, ellos
fueron los primeros extensionistas agrónomos de México.
Estas tres especies
animales cambiaron por completo la vida india para bien de todos. El asno
liberó al tameme de ser cargador, incrementó el comercio y abarató los
productos transportados. Algodón, maíz y leña, entre otros, bajaron de
precio al incorporar mayores áreas de producción a los centros de consumo.
El borrego aportó lana para abrigo, carne para alimento y sebo para las
velas; así las noches del indio dejaron de ser frías y tenebrosas. La
cobija, el gabán, la vela y la barbacoa hecha con carne de borrego, pasaron
a ser la norma de la vida. El cerdo aportó carne y grasa (manteca) para
la cocina, los frijoles refritos y los tacos de carnitas con guacamole
se volvieron casi una rutina.
En el Estado de
Morelos, Hernán Cortés dio los primeros pasos hacia la formación de la
hacienda cultivando caña de azúcar y arroz, dos cultivos asiáticos que
los árabes habían introducido a España y los españoles trajeron a México;
al mismo tiempo, en los valles centrales se empezó a cultivar el trigo.
Harina, azúcar y arroz pasaron a ser parte de la dieta de la nueva población
hispano- india- mestiza, que al igual que la agricultura, estaba en proceso
de desarrollo.
Hacia la mitad
de los años cuarenta del siglo XVI se descubrieron, en lo que hoy es la
Ciudad de Zacatecas, las vetas de plata que la han hecho famosa. Zacatecas
está muy adentro de las tierras chichimecas, a cientos de kilómetros al
norte de Querétaro, que era entonces el límite de la Nueva España.
La plata fue el
estímulo para el desarrollo de la agricultura en la Chichimeca o Gran
Chichimeca. En los reales de minas se necesitaron enormes cantidades de
productos agrícolas: alimentos, ropa, animales de trabajo, forraje para
los animales, madera, leña, etc. La bonanza minera se sintió por toda
la Nueva España. Arroz y azúcar de Morelos; trigo, maíz y frijol de los
valles centrales; carne, lana, cueros y sebo de Querétaro, Guanajuato
y Jalisco.
La gran hacienda,
que definiría en mucho la cultura mexicana, estaba por nacer. Pero cabe
destacar que la epopeya de la conquista de la Chichimeca no fue militar
sino agrícola. La penetración empezó con haciendas ganaderas; las especies
mayores: bovinos y equinos, y las especies menores: asnos, cabra y oveja,
fueron ocupando el terreno en diferentes combinaciones según la demanda
del mercado, y los gustos y aptitudes de cada hacendado.
La tecnología ganadera
era pobre: no había selección de progenitores, la higiene zootécnica era
igual a cero, no había aguajes, ni cercado de potreros, ni rotación de
pastoreo. Todo estaba en términos darwinianos: lucha por la vida y supervivencia
del más apto, al cuidado de caporales y vaqueros, y lo que la Madre Naturaleza,
siempre pródiga, quiera dar. A pesar de lo anterior, la hacienda ganadera
cumplió con su cometido productor y civilizador.
Mención aparte
merece el híbrido de asno y yegua, "el mulo", más conocido como
mula. Este animal se convirtió en la base del transporte en la Nueva España
y México, por cosa de 300 años. Las mejores haciendas, las que tenían
el personal más capacitado, eran las que se dedicaban a la cría de este
híbrido que reúne en un sólo individuo la rusticidad del asno, que se
alimenta con forrajes pobres como pajas y rastrojos, que soporta la sed
y bebe aguas turbias y duras sin mayor daño a su salud, también aguanta
el calor y la insolación de una zona semiárida cono es la Chichimeca.
A lo anterior une la mayor estatura y fuerza del caballo.No obstante,
ni asno ni caballo reclaman para sí la conducta berrinchuda y terca que
ha dado fama y nombre a las mulas. Tuve información de primera mano, de
personas que trabajaron por muchos años con estos animales, de que todo
es asunto de buen trato: buena comida, equipo cómodo y limpieza hace al
animal dócil y trabajador. Limpieza significa cepillar bien el lomo de
la mula para quitar el polvo y el sudor de la jornada anterior, haciéndolo
con suavidad y buen modo.
Paralelo a la mula,
el buey se convirtió en la otra gran fuente de energía de la agricultura
nacional, por más de 400 años fue, casi, la única fuente de energía para
cultivar la tierra. Incluso en nuestros días, el buey aporta la energía
para cultivar en este México de finales de siglo XX, dos de cada tres
hectáreas de tierra de labor. El hecho de que estos 20 millones de hectáreas
sean la parte pobre de nuestra agricultura no es desdoro, es indicador
de la economía y funcionalidad del buey como animal de trabajo.
El buey es el resultado
de emascular al torete antes de la madurez sexual; así se obtiene un animal
manso, fuerte y leal a su boyero. Por ser poligástrico se puede alimentar
con forrajes más burdos que los consumidos por la mula y que no son de
uso para el caballo. Su valor residual es muy alto por la aceptación que
hay por carne y piel de bovino; de hecho el buey viejo vale más que el
novillo que lo reemplaza como animal de trabajo. Esto explica la persistencia
del buey en la agricultura mexicana desde su origen hasta el día de hoy.
El asno es el último
de esta trilogía de animales de trabajo, manso, humilde, leal, resistente
y frugal, es el compañero del campesino en las buenas y en las malas.
Podemos decir literalmente que se ha abusado de este animal por la forma
en que se le trata, pero su potencial es enorme por las cualidades que
lo definen. Con buen equipo y buen trato el asno, como animal de trabajo,
es magnífico.
De Querétaro a
Zacatecas, y después hasta Saltillo, se trazó el camino de la plata, el
cual se pespunteaba de haciendas ganaderas que a su vez cumplían varias
funciones, tales como dar hospedaje a los arrieros y sus recuas de mulos
y asnos, caravanas de carretas, grupos de viajeros y patrullas militares.
Avanzada de la civilización, los frailes evangelizaron a los indios chichimecas
que todavía eran cazadores- colectores y ni idea tenían de qué cosa era
la agricultura. Ésta es un centro de población que puede llegar a ser
aldea y pueblo, si las condiciones ambientales lo permiten (tales como
el agua abundante, tierra de cultivo, madera para leña y construcción,
piedra para construir casas y corrales, estar en territorio de indios
amigables, etc.). Así pues, muchas ciudades actuales en todo México tienen
en el pasado una hacienda como su punto de origen.
Con el progreso
de los reales de minas y el crecimiento de la población, la demanda de
alimentos y forrajes aumentó enormemente; esto coincidió con la caída
de la población india en los valles centrales por el ataque de las epidemias.
Así se formó el nicho de oportunidad para la hacienda cerealera del Bajío.
De Querétaro a León, la hacienda ganadera fue cambiando de actividad.
El cultivo de maíz, frijol, trigo, chile y calabazas dejó de ser para
autoconsumo y pasó a ser comercial.
Es en este punto
donde se dio el sincretismo de lo indio y lo español: maíz, frijol, chile
y calabaza eran indios; los bueyes y el equipo de trabajo eran españoles,
pero el que empuñaba la mancera para hacer el trabajo era un mestizo.
La cría de ganado siguía siendo parte del negocio. Así nació la agricultura
mexicana y así también nació México.
Aquí también, la
tecnología era pobre, como pobre y atrasada era en Europa la agricultura
española comparada con la francesa; pero era muy funcional según las necesidades
y posibilidades de la Nueva España. Casi todo el equipo se fabricaba totalmente
con madera, cuero, fibra de maguey (ixtle), piel de borrego (zalea), palma
y varas para toda clase de canastos. Para uso humano en vestimenta y el
hogar estaban: lana, algodón, cueros y pieles, palma, piedra, barro, etc.
La gran hacienda
era así un mundo en sí mismo, con casa solariega, huerta y jardines, almacenes,
talleres, establos y corrales, aldea, plaza y capilla. Había una población
socialmente estructurada que iba del patrón y el administrador, a los
mozos y sirvientas. Dignos de mención son los hombres de a caballo: caporales
y vaqueros, y los de a pie: arrieros, carreteros y boyeros. No faltarían
los artesanos; como herreros, carpinteros, albañiles y otros. Mientras
tanto, en el campo femenino: costureras y cocineras. De igual forma nunca
faltarían músicos y danzantes, porque la hacienda tenía un santo patrono,
un calendario de festejos y una vida social.
Hacienda y aldea
convivieron y evolucionaron, compartieron el mismo espacio, eran mutuamente
dependientes, le rezaban al mismo Dios (o al menos eso creen los frailes),
estaban codo a codo en la iglesia el domingo en misa y, sin embargo, generaban
culturas diferentes aunque paralelas; de la hacienda viene la cultura
señorial, entre otros aspectos: el traje de charro que es el traje nacional;
la charrería que es el deporte nacional, el mariachi que es la música
nacional y la cocina de hacienda que en mucho es la cocina mexicana. De
la aldea viene la cultura popular con fuerte orientación religiosa; la
peregrinación, la danza, la feria, los juegos y las comidas en los puestos
de la plaza con tostadas, enchiladas, atole y tamales.
Dos culturas que
vivieron y evolucionaron al ritmo de la agricultura y de la minería, y
en los últimos cien años de su vida (1820 - 1920), de la política. Aquí
no había justicia social, pero sí ha habido un dinamismo social en el
mundo de los últimos 450 años. Esto es poco creíble porque todo sucedió
de manera tan natural que ni siquiera lo notamos, era y es parte de nuestra
vida y de nuestra manera de ser. Desde entonces las oportunidades existen
para el que hace el esfuerzo de superarse.
Ejemplos de ese
dinamismo social están en la dirección política de México desde la Independencia
hasta la actualidad: Guerrero, un mestizo, consumó la independencia junto
a Iturbide; Guadalupe Victoria, mestizo, fue el primer Presidente de la
República; entre los intelectuales y políticos de la reforma dominaban
indios y mestizos: Juan Alvarez, Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Manuel
Altamirano, Guillermo Prieto, etc. Los dos únicos Presidentes de la República
que han recibido reconocimiento internacional; Juárez, un indio, y Díaz,
un mestizo. Ambos fueron egresados de la Universidad de Oaxaca con el
título de Licenciados en Derecho. Juárez fue maestro de Díaz. Juárez fue
declarado Benemérito de las Américas por el Congreso de la República de
Colombia. Díaz, cuando ya era un exiliado político, fue recibido con honores
de Jefe de Estado por los Gobiernos de España, Francia y Alemania, de
tal magnitud era la categoría del Gran Viejo.
De la Revolución
para acá, sólo mencionaré a dos (pero la lista es enorme): Adolfo De la
Huerta y Lázaro Cárdenas, ambos mestizos y, ambos Presidentes de la República.
De los criollos no hace falta hacer mención, porque son los que han dirigido
al país al lado de indios y mestizos; la vieja nobleza virreinal fue eliminada
de la vida política y en mucho de la vida económica de México en dos golpes:
la Independencia y la Reforma. La élite porfirista, que fue desplazada
con la Revolución, fue de nuevo cuño y prueba evidente del dinamismo social
que ha dominado la vida económica, política y cultural de México.
Todo esto sucedió
en el pequeño mundo de la hacienda en donde era necesario que hubiera
armonía y esperanza, pero hubo momentos en que la esperanza no fue creíble
y se rompió la armonía.
Entre 1810 y 1910,
el conflicto se presentó tres veces: los llamamos Independencia, Reforma
y Revolución. En los tres casos la hacienda fue la protagonista: en la
ciudad, los políticos hicieron la proclama, de la aldea salieron los soldados
que engrosaron el ejército, la hacienda aportó los recursos para todo
el movimiento, desde la base de operaciones, los caballos para el ejército,
el maíz y la carne para alimentar a todos y, lo más importante, el dinero
para comprar las armas. En eso del dinero, las haciendas ganaderas del
norte y las henequeneras de Yucatán fueron las que más aportaron a la
Revolución. Sin la hacienda, la historia de México sería totalmente diferente.
La hacienda fue
víctima de su propio desarrollo, adquirió dimensiones enormes, el gigantismo
la hizo ineficiente e injusta, se convirtió en una institución enferma
con tecnología arcaica, con estructura social anticuada, con dueño ausentista,
con relaciones públicas conflictivas, pero los políticos en lugar de curarla,
la mataron porque no la entendieron y no les gustaba; pero al matarla
no resolvieron los problemas de los cuales la hacían culpable, lo que
sí hicieron fue dañar la agricultura nacional y empobrecer a México.
El balance del
pasado de la agricultura en México es altamente positivo por múltiples
conceptos. En primer lugar, fue la base económica de la sociedad novo-
hispana y mexicana de la Conquista a la Revolución. Aportó la energía
que hizo posible la existencia de tal sociedad; esa energía estaba representada
por animales de carga y de tiro, tales como: mulas, asnos, bueyes y caballos
y los forrajes para alimentarlos, todo el transporte de personas, cosas
y mercancías, a distancia corta o larga, dependía de la energía de esos
animales. También aportó el carbón y la leña que hacieron funcionar los
hogares de todo el país; desde el más modesto hasta el más encumbrado.
La mano de obra
y la tecnología necesaria para operar y producir toda esta energía merece
mención aparte; arrieros y boyeros, leñadores y carboneros eran hombres
de la aldea, mas la tecnología con que operaban y el equipo que usaban
vino de hacienda.
La hacienda y la
aldea pueden pasar por períodos económicos malos pero no de hambre y de
miseria como los que pasan el real de minas o el pueblo de obrajes, que
dependen de un recurso no renovable como es la veta de plata en la mina.
Si no hay bonanza no hay mercado para los productos de los obrajes.
Por otra parte,
saga digna de mención es la función que desempeñó el azúcar en la sociedad
novo- hispana- mexicana: debido a que las áreas productoras de caña de
azúcar estaban lejos del puerto de Veracruz- Morelos, Michoacán, Guanajuato
y Jalisco eran las áreas más importantes - el azúcar no era competitivo
en el mercado europeo, lo cual dio por resultado azúcar barata en el mercado
local, que a su vez trajo una multitud de productos con azúcar, que van
de las aguas frescas al pan de dulce, pasando por todo lo imaginable de
dulces y golosinas, que han hecho de nuestra sociedad, si no la más dulce,
sí las más dulcera.
Ahora se acusa
a la hacienda de haber pagado malos sueldos; esto es falso, la hacienda
pagó tan alto como pudo de acuerdo a la mano de obra disponible y a la
capacidad de compra de la población urbana; los que fallaron fueron los
empresarios urbanos que no desarrollaron mejores tecnologías en sus talleres
para aumentar y diversificar la producción, atrayendo a la población rural
al medio urbano. Sirva de ejemplo el hecho de que pueblos y ciudades tenían
poco o nada que pudieran venderle a hacienda.
Las universidades
y colegios de esta época quedaron en deuda con la agricultura. Nunca inventaron
un arado, una sembradora o una mejor forma de uncir los bueyes; tampoco
diseñaron un buen establo, pajar o troje. Los únicos profesionistas que
trabajaron para la hacienda fueron los abogados, pero la maldición es
contundente: "Entre abogados te veas".
Esto explica la
total dependencia de la agricultura a la minería, ya que era su único
cliente con capacidad económica; también esto explica que a finales del
porfiriato las únicas haciendas prósperas fueran las que tenían productos
de exportación: algodón de La Laguna, azúcar de Morelos, café de Veracruz,
henequén de Yucatán y ganado de Chihuahua.
La hacienda fue
odiada por muchos y ambicionada por muchos más. Sirvan de ejemplo los
generales revolucionarios, empezando por Emiliano Zapata y terminando
con Plutarco Elías Calles, que en cuanto pudieron y mientras pudieron,
las disfrutaron. Así pues, la hacienda tuvo un halo de romanticismo que
se manifestó y se sigue manifestando en el cine, la música, la poesía
y la novela. Fue una forma agradable de vivir.
De muchas haciendas
sólo quedan casas solariegas. Al verlas nos damos cuenta de lo sofisticada
que fue su cultura. Hasta la fecha en el campo mexicano, esa cultura no
ha sido igualada.
Continuará....

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