El Rediseño de la Práctica Docente: Algunos Alcances

Alberto Beuchot González de la Vega

 

En este trabajo está implícita la idea de que, en alguna medida, los profesores del Instituto somos analfabetas. Reúno las ideas de diversos pensadores bajo un esquema personal. No pretendo que sea exhaustivo, pero si considero que es representativo de los aspectos que debe tomar en cuenta el rediseño exitoso de la práctica docente. La Misión del Instituto, en el perfil de los alumnos, aborda de forma importante, aunque no directamente, estos temas.

En nuestra comunidad académica, el analfabetismo presenta múltiples rostros. Para analizar este fenómeno, la definición clásica resulta insuficiente. Analfabeta no sólo es aquella persona que no sabe leer ni escribir. Es decir, aquél que no es capaz de descifrar las combinaciones de signos alfabéticos para formar palabras que alguien plasmó y que, al mismo tiempo, es incapaz de transmitir sentido utilizando esos signos de forma gráfica. Ninguno de nosotros es analfabeto en primer grado.

Existe un segundo grado de analfabetismo conocido como analfabetismo funcional. En este caso, una persona sabe descifrar los signos alfabéticos, ligarlos entre sí y convertirlos en una palabra, y esa palabra ligarla con palabras sucesivas. Sin embargo, el grueso de su lectura se compone de los letreros y anuncios publicitarios en las calles y de alguna que otra historieta del diario dominical, la sección deportiva en los periódicos y los panfletos que hay en los puestos de revistas. Es lectura obligada o de esparcimiento, no disciplinada, sin el propósito de ampliar el horizonte de conocimientos de forma deliberada. Un analfabeta de segundo grado aún en menor medida ha desarrollado la habilidad de expresarse por escrito, de perseguir la profundización y ordenamiento de su pensar a través de la disciplina de la escritura. Tiene dificultades para entender las ideas y conceptos escritos por otros y para comunicar en forma estructurada los suyos propios. No utiliza la capacidad de leer y escribir para adquirir y producir conocimiento, sino sólo para recibir datos, información aislada y banal. Bajo esta definición, me atrevo a afirmar que un porcentaje elevado de nuestros profesores es analfabeta funcionales, que producen alumnos y profesionistas con analfabetismo funcional.

Un tercer nivel de analfabetismo lo constituye la carencia de conocimiento y de habilidades para coordinar acciones con otros en un segundo idioma, fundamentalmente el inglés. Es ya indiscutible que el inglés se alza hoy en día como el idioma dominante en esta era de mundialización. La ciencia y la tecnología se difunden en inglés, el comercio se realiza en inglés y en la política internacional terminología en inglés. Una persona que no domina este idioma (utilizo el término dominar, que implica leer, escribir y hablar con el doble propósito de adquirir y profundizar conocimientos y de coordinar efectiva y eficazmente acciones con otros seres humanos) se encuentra en serias desventajas y prácticamente no constituye una oferta de servicios para la empresa actualmente. Un alto grado de nuestros profesores se encuentra en esta situación.

Hay un cuarto grado de analfabetismo, y es el analfabetismo computacional o informático. Por un lado, implica el desconocimiento del significado de términos (tales como superautopista de la información, Internet, multimedios, interactividad, grupos de discusión, virtualidad, navegación, navegadores, buscadores, actividades asistidas o mediatizadas, edición electrónica, digitalización de imágenes, etc.) y por otro, la carencia de las habilidades para el manejo de paquetes computacionales que abarcan desde procesadores de textos hasta navegadores de la red, pasando por editores de imágenes, bases de datos, hojas electrónicas de cálculo y correo electrónico. No hablo de la necesidad de ser un ingeniero en sistemas computacionales o un experto en informática, sino de la posesión de las habilidades para poder utilizar estos instrumentos indispensables para el aprendizaje por cuenta propia, para el diseño instruccional y para realizar negocios en la aldea global. Por cierto, la combinación del inglés con los términos computacionales da origen al llamado "ciberinglés". Si sumamos la inhabilidad en el terreno computacional al desconocimiento del idioma inglés, lo que tenemos es un desempleado potencial. Esfuerzos importantes se están realizando en esta línea para abatir este analfabetismo en el Sistema.

El analfabetismo simple, el analfabetismo funcional, el analfabetismo multilingüístico y el analfabetismo informático están relacionados estrechamente con las habilidades que la Misión plantea para el perfil de nuestros alumnos. Los denomino analfabetismos de primer orden. Sin embargo, hay otros tipos de analfabetismo que están más cercanos a las actitudes y valores que debemos desarrollar en ellos, a los cuales agrupo bajo el concepto de analfabetismos de segundo orden. Aunque cada vez más difícil, es posible subemplearse en el mercado siendo analfabeta de primer orden, es en el analfabetismo de segundo orden el más frecuente y abundante en nuestra institución. El Sistema ha comenzado recién a reconocer esto y a tomar medidas fundamentales para corregir esto.

En primer lugar, y por ello el más importante, está el analfabetismo emocional. Ser alfabeta en esta área implica, en primer término, reconocer la existencia de las emociones como predisposiciones fundamentales para la acción y como factores incidentes en el desempeño de los seres humanos. Por otro lado, también significa comprender y legitimar la diversidad de las reacciones emocionales en cada persona, que los repertorios afectivos que poseemos fueron aprendidos en algún momento de nuestra vida y que por ende se pueden desaprender y del mismo modo aprender nuevos repertorios. Las personas que entienden y ponen en práctica esto son capaces de diseñar estados de emocionales en ellos mismos y en la gente con la que viven y conviven, y por ello, saben cuáles son las emociones propicias para el trabajo en equipo, para el aprendizaje colectivo y para la identificación y resolución de problemas. En pocas palabras, la inteligencia y el alfabetismo emocional consisten en poseer la capacidad de reconocer, respetar y valorar aquello que está detrás de toda ación humana y que determina en gran medida su éxito o su fracaso. Esto es, implica conocer la diferencia entre el liderazgo y la dirección. (Daniel Goleman, Robert Cooper, Humberto Maturana, Howard Gardner).

En segundo término, quiero mencionar el analfabetismo conversacional, o la incapacidad de lo que el biólogo chileno Humberto Maturana llama "lenguajear." Cada vez es más reconocida y valorada la habilidad de una persona para escuchar al otro. Y con esto no quiero decir que escuchar es "oír". Es mucho más que el mero acto biológico de percibir los sonidos emitidos por el aparato bucolaríngeo de un tercero. Escuchar es oír más interpretar. Es ser capaz de percibir aquello que está detrás de lo que otra persona dice: aquello que no se manifiesta y que, sin embargo, está ahí, en la conversación del otro. Es poder captar las inquietudes del interlocutor, lo que realmente le preocupa, le interesa y le hace vivir. El escuchar, por ende, está muy lejos de ser un acto pasivo, o de ser simplemente un dejar de hablar para que el otro diga lo que quiere decir. Por otro lado, también el hablar es importante. Implica tener la capacidad de distinguir entre afirmaciones, opiniones y declaraciones; de hacer peticiones, ofertas y promesas, así como de saber cumplirlas; de saber emitir juicios fundamentados en afirmaciones acerca del desempeño de uno mismo y de otros; de hacer declaraciones con sentido que normen el actuar de la vida propia y la de una comunidad; de indagar, de proponer, de hacer públicas algunas conversaciones privadas y de comprender que el hablar construye o destruye relaciones personales. De entender, en pocas palabras, que el hablar no es inocente y que a través de él, generamos realidades para nosotros mismos y para otros. (Humberto Maturana, Fernando Flores, Julio Olalla, John Searle, John Austin).

En tercer lugar, tenemos el analfabetismo mente-cuerpo. La persona que es analfabeta en este sentido es incapaz de comprender la relación existente entre sus creencias, sus emociones y sus postulados, y el estado de salud que guarda su cuerpo. Es incapaz de comprender que el cuerpo, a su vez, es fuente de energía física, mental y espiritual. No percibe que la gestualidad, la postura y la respiración reflejan la forma en que nos enfrentamos al mundo y el cómo nos concebimos como personas. No concibe al cuerpo como expresión de una modalidad de ser ni como espacio de diseño de su persona. Privilegia lo racional por sobre lo lúdico e intuitivo. Desprecia lo que el cuerpo sabe. Trabaja para su cuerpo, no a través del cuerpo, con el cuerpo. Es poco eficaz para aumentar su repertorio de acciones y la efectividad de su desempeño laboral a través del trabajo constante sobre el cuerpo en cuanto a su flexibilidad, a su resistencia, a su fuerza y a su relajación. Es incapaz, en fin, de apreciar y cuidar de su cuerpo, así como de concebirlo como un medio de aprendizaje. (Kenneth Cooper, Alexander Lowen, Richard Heckler, Deepak Chopra).

En cuarto y último lugar, está el analfabeta ecológico. Este individuo no es capaz de entender y de comprender la relación de las partes con el todo. Es incapaz de entender la profunda y última interrelación entre las actividades humanas, y de entender las consecuencias sociales y globales de sus acciones. No asume la responsabilidad de sus actos por pensar en forma individual y a corto plazo. No es capaz de promover y alentar la construcción de comunidades de aprendizaje y de progreso sin destrozar y disminuir las oportunidades de las generaciones futuras. Ser alfabeta ecológico implica ser capaz de entender los principios de conectividad y organización de los ecosistemas y ser capaz de crear comunidades humanas sustentables; entender que su función es hacer la liga entre las comunidades ecológicas y las comunidades humanas, entre la eco/logia y la eco/comía. Implica, por ello, considerar que las organizaciones humanas son estructuras vivientes y comprender que nuestro comportamiento como miembros de un sistema está determinado por el comportamiento de otros y a su vez lo determina. Un alfabeta ecológico entiende y pone en práctica el valor de la interdependencia, y valora la cooperación por sobre la competencia, y el de la flexibilidad y la diversidad por sobre la rigidez y la uniformidad. (Fritjof Capra, Arie de Geus).

Podemos estar de acuerdo o no con esta manera de ver al ser humano. Eso no es lo importante. Creo firmemente que los procesos de enseñanza-aprendizaje que no tomen en cuenta e incluyan estos aspectos en su práctica educativa cotidiana tienden a ser poco efectivos. De alguna manera esto es lo que, entre otras cosas, lo que el Instituto intuye y contempla en su misión.

 

Publicación anterior: Revista Coloquio

 

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