La responsabilidad perdida en el ejercicio del
poder
Jorge Antonio Martínez Malacara
Tradicionalmente, los cargos políticos han tenido implícito un liderazgo
que se ejerce hacia el pueblo. En Roma, por ejemplo, el senado era la
tribuna más alta del gobierno y tenía la facultad de nombrar al emperador.
De la misma manera, en muchas tribus indígenas, los sacerdotes ejercían
los cargos políticos y funcionaban como gobernantes y guías espirituales.
Nuestra sociedad confiere un liderazgo a las personas que ocupan estos
cargos, ya que son ellas quienes llevan el rumbo de la comunidad humana.
Para evitar autoritarismos, así como para dar mejor representatividad
a las personas, se han creado estructuras de gobierno, partidos políticos
y grupos ideológicos que dan voz a toda la población. La responsabilidad
de quien asume un cargo político reside en corresponder a la voluntad
y a la confianza que la sociedad ha depositado en él al elegirlo.
Desgraciadamente, la arena política hace que nuestros líderes pierdan
de vista el objetivo último del gobierno, el cual consiste en servir
de guía y de órgano rector para un desarrollo justo y equitativo para
toda la sociedad. El poder y la ambición han trastocado a muchos políticos,
quienes dedican muchos de sus esfuerzos a obtener beneficios personales
a costa de la sociedad misma. Ahí está el ejemplo de diputados y senadores
que no se bajan del "trapecio legislativo", tras un período
los diputados federales obtienen una senaduría y posteriormente ganan
una diputación federal, y así brincan de una cámara a otra durante muchos
años, sin hacer promoción a favor de la gente que depositó su confianza
en ellos.
La acción opositora, a ultranza de varios partidos políticos, sólo
ha logrado enfrentar a grupos de la población quienes, azuzados por
falsos líderes, se enfrentan violentamente en las vías públicas buscando
tomar control de centros políticos. En estas luchas nunca hay ganadores,
pero siempre hay un solo perdedor: la sociedad.
Otros políticos tratan de obtener votos para ellos mismos o su partido
con acciones disfrazadas de patriotismo, se oponen a leyes que buscan
mejorar los servicios que ofrece el Estado al colocarlos en manos de
la iniciativa privada. Diversos políticos se han opuesto sistemáticamente
a la reducción de plazas de burócratas en dependencias de gobierno,
las cuales se han vuelto obsoletas e innecesarias para el servicio a
la población. Otros se han declarado en contra de la apertura de sectores
alegando que "la nación pierde soberanía", como en el caso
de apertura a la inversión privada del sector petroquímico. Incluso
hacen declaraciones incendiarias contra este tipo de ideas sin siquiera
analizar a fondo las razones que respaldan las propuestas.
Desde el momento mismo en que los intereses particulares se anteponen
a los intereses de la sociedad, los políticos pierden la autoridad moral
que se les confirió por el pueblo al depositarles la confianza. La decepción
que significa ser defraudado sólo genera un descontento generalizado
que, en un largo plazo, puede llegar a desembocar en una revolución,
tal como ocurrió en 1910. ¿Es esto lo que queremos para nuestros hijos?
Entonces estamos a tiempo de cambiar las cosas. Exijamos a nuestras
autoridades que velen por los intereses de la sociedad, y no por los
suyos.