Los límites de la globalización

Lucrecia Lozano

Está de moda hablar de la globalización. Centro de debates académicos y políticos, fuente de discordias, invitada de cabecera en las mesas de empresarios y financieros o convidado de piedra en el acontecer mundial, la globalización ha impuesto su predominio en la economía mundial en los últimos años y ha acaparado la atención de presidentes, líderes de opinión, medios de comunicación, organizaciones internacionales, ciudadanos comunes y hasta del Sumo Pontífice

En su más reciente viaje a México, Juan Pablo II hizo constantes referencias en sus discursos y homilías al tema de la globalización y su impacto en la sociedad y la economía mundiales. Su visión sobre este fenómeno fue severa en más de una ocasión, no obstante reconocer que su desarrollo es una contundente realidad de fin de siglo. En el encuentro del State of the World Forum que se llevó a cabo en fechas pasadas en las instalaciones del Tecnológico de Monterrey y reunió a figuras políticas de la talla del obispo sudafricano Desmond Tutu, el expresidente de Polonia, Lech Walesa y el Premio Nóbel de la Paz y expresidente de Costa Rica, Oscar Arias, la globalización y sus implicaciones comerciales y tecnológicas, pero también sociales y civilizatorias, figuró como uno de los temas centrales de la agenda de la reunión.

El término globalización muchas veces es utilizado como una especie de "joker": se le coloca donde mejor conviene. Todo es global, o todo tiene que ver con lo global: la empresa global, la economía global, los capitales globales, las comunicaciones globales, los retos y desafíos globales --como el sobrecalentamiento del planeta o el agujero de la capa de ozono, el crecimiento de la pobreza o el incremento de la población mundial.

El fenómeno de la globalización es relativamente joven --veinte años a lo mucho-, aunque tiene raíces en los procesos productivos y de acumulación que adquieren un dinamismo inusitado al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Su principal protagonista son las grandes empresas multinacionales. Ellas han sido, en un sentido estricto, junto con los avances tecnológicos en la informática y las telecomunicaciones, las detonadoras del proceso de la globalización. Su búsqueda de nuevos y más amplios mercados para una producción de bienes y servicios cada vez más intensiva y diversificada las ha llevado a establecer filiales en el extranjero mediante una expansión impresionante de la inversión directa.

El término "globalización" es aún más reciente. Su primera mención aparece en un ensayo publicado a principios de los años ochenta en una revista especializada de la Universidad de Harvard. Su autor, Theodore Levitt, lo utilizó para designar los procesos de convergencia e integración de los mercados del mundo --"en todas partes se vende la misma cosa y de la misma forma". En la década de los noventa, sin embargo, el japonés Keinichi Ohmae extendió esta noción más allá de la integración de los mercados para afirmar que la globalización suponía un proceso más complejo, que no se restringía únicamente al ámbito del comercio mundial. Ohmae estableció que la globalización abarcaba todo el proceso de creación de valor en la economía y no sólo el momento de la distribución y el intercambio --desde la investigación y el desarrollo, hasta los procesos de ingeniería que intervienen en la producción, la comercialización de los bienes y el desarrollo de los servicios y la banca.

La globalización y su sostenido desarrollo en esta década --ampliado con la incorporación de las economías del ex-bloque comunista a la dinámica del capital a partir del 1989, cuando finalizó la Guerra Fría-- generó múltiples expectativas y un entusiasmo poco fundamentado: se ha considerado que la economía global no sólo favorece la expansión de los intercambios comerciales y la difusión de lo capitales, propiciando una mayor interdependencia entre las naciones, cuestión que para algunos sería un factor que contribuiría a que los conflictos y tensiones en el ámbito internacional disminuyeran. También se ha señalado que la globalización contribuye a la difusión de ciertas actitudes y valores --como los de la eficiencia, la productividad o la innovación-- en las sociedades aún atrasadas, situación que puede servir de vehículo para impulsor el desarrollo y generar niveles de bienestar en ellas.

Los pronósticos optimistas en torno a la globalización no han resultado tales en los hechos. Ciertos sectores de la economía mundial han avanzado por el derrotero de la globalización y se han beneficiado de él. Tal es el caso del reducido grupo de grandes empresas multinacionales que controlan un importante segmento de la producción y el comercio mundiales. Está también el capital financiero, cuyos flujos internacionales actuales son hasta 50 veces más importantes que las transacciones correspondientes a las exportaciones de bienes y servicios en el mundo.

Pero a la par de estos procesos, la globalización también ha acentuado viejos problemas y carencias y ha generado nuevas contradicciones. Un economista francés, Robert Boyer, escribió en 1997: "la globalización no implica crecimiento general y solidario en una economía mundial pacificada". En los hechos, lejos de incorporar de forma general a grupos sociales o regiones geográficas a los beneficios --tecnológicos, de inversión, de consumo o de empleo-- de la economía global, la globalización ha acentuado las desigualdades existentes en el mundo y ha propiciado una tendencia al emprobrecimiento y la exclusión de amplios sectores sociales en las más diversas latitudes del planeta. Se habla, por ejemplo, de la "cuartomundización" de Africa: todo un continente --salvo contadas excepciones de países como Sudáfrica-- que se va separando del grupo de economías "en vías de desarrollo" que sirvieron de fuente inspiradora del concepto político "Tercer Mundo" y que enfrenta al nuevo siglo con más incertidumbres que certezas sobre su futuro. Posiblemente las multinacionales o los capitales financieros no se interesen por invertir en un continente que apenas participa con el 2.2 por ciento del comercio mundial o no tiene un sistema financiero desarrollado. Puede que el atraso social y material en Africa no resulte atractivo para las inversiones de las grandes trasnacionales pero, ¿a quién puede convenir que esa amplia región del mundo quede al margen de todo progreso humano y social?

Hasta ahora, la economía global ha sido incapaz de dar respuesta al problema de la pobreza. En un mundo paradójicamente rico --según el Informe sobre Desarrollo Humano publicado en 1998 por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, el gasto de 12 mil millones de dólares en la compra de perfumes que se registró en Estados Unidos y Europa era equivalente al gasto que se requeriría para garantizar la salud reproductiva de todas la mujeres del mundo--, esta pobreza representa el mayor límite objetivo y moral para la globalización en curso.

 

 

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