Monclova
Ernesto
Ortizh
Monclova. Por la
calle donde fue conducido preso Hidalgo rumbo al cuartel, camino.
Lo hago en sentido contrario a como lo hacen los demás. Hoy no
hay más caudillos insurrectos que sean llevados por en medio de
la calle ante el desprecio de una multitud que los apedrea e insulta.
No hay que esperar tanto. El espectáculo se da en las banquetas.
Los acusados son
llevados entre la misma multitud que los sofoca. No hacen falta jaulas
ni cuarteles. Son arrastrados hombro con hombro, codo con codo hacia ningún
lugar, hacia el peor lugar: sus conciencias, sus soledades. No hay mayor
tormento. La multitud les trasuda su odio. Los insurgentes sienten su
carne empozoñarse. Pasará pronto como pronto pasa todo en su vida. No
hay mofas ni escupitajos; hay silencios ensordecedores y miradas de aniquilación
. Son autosublevados, insurgentes de sí mismos: no buscan liberar naciones
o realizar hazañas heroicas. Quieren librarse de la máscara que aprisiona
sus emociones, que acartona sus expresión. Anhelan deshacerse de los grilletes
de la culpa, de la esclavitud de ser para la multitud antes que
para ellos mismos. Caminan, o más bien, intentan caminar poniendo siempre
al mal tiempo buena cara. La conspiración por su felicidad algún día la
coronará un levantamiento: su levantamiento. Irán por todo. Lo darán todo.
Después de todo, no tienen nada más que perder.
Camino entre la
multitud que dificulta mi andar por esta angosta banqueta. Sonrío: mi
levantamiento ha comenzado.

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