Paty
Aristi y su mancha de grasa
Norma
Pennock Rico
Cuando
mis compañeros y yo cursamos la materia Paradigmas Actuales de la Enseñanza
con la maestra Norma Patricia Aristi, estábamos impresionados. Como
cualquier niño de primaria sentíamos cierto temor al ver que
nos estaba dando clase la Directora de la Maestría en Educación; su
cara en la pantalla nos parecía seria y solemne desde la Universidad
Virtual, donde estábamos encerraditos y era necesario comer nuestros
dulces a escondidas. Cuál sería nuestra sorpresa al ver que ese mismo
rostro tan serio y oculto tras unos lentes grandes, logró comprometernos,
desde el primer día de clases, a la gran entrega que requiere la noble
profesión de ser maestros.
Nunca olvidaremos
la tarde que nos mostró un video titulado "Una mancha de grasa".
La cinta narra la historia de un niño muy pobre, que después de salir
de la escuela se dedicaba a vender empanadas para ayudar a su mamá.
En una ocasión, el pequeño manchó sin querer su único cuaderno
y fue regañado por su maestra, quien ignoraba la situación económica
del menor. Ante esto, el niño avergonzado dejó de ir a la escuela, pero
con el paso de los días, la profesora, preocupada, fue en su busca.
Así ella se encontró con la casa de cartón donde vivía el pequeño
y el montón de caritas sucias que rodeaban su historia. Después de ver
el caso que se trataba en la película, nuestra maestra Paty nos brindó
una gran enseñanza: los maestros debemos tener una calidez humana que
pueda corresponder a la lucha del hombre más necesitado, por tener un
lugar y un acceso a la educación. A todos se nos cerró la garganta y
estoy segura que nunca olvidaremos esa clase en una tarde de intenso
calor.
En septiembre
de 1997 tuve la suerte de conocer personalmente a mi maestra, en Monterrey.
Recuerdo que le regalé un delfín de palofierro, y la hice reír mucho
cuando le dije que me había perdido en la licuadora (así le dice
la raza al edificio de la UV) y que me sentía en el Canal de
las Estrellas porque esa tarde había estado en red nacional mediante
la clase que tomé en forma presencial. Me pareció que su risa resonó
hasta el Cerro de la Silla, y en ese momento me di cuenta que lo virtual
no quita lo humano: la persona que a primera instancia parecía
tan lejana desde el salón donde yo tomaba su clase, sabía perfectamente
quien era yo, pues siempre mantuvo comunicación con todos sus alumnos,
y ahora estaba ahí, hablando humildemente con su máxima admiradora sonorense.
Como parte de
los paradigmas de la vida, mi maestra fue llamada a dar clases a un
nivel más alto, en donde se requiere su talento. Aquí tuvo que dejar
a un esposo y a unos hijos que la extrañan (tal vez su pequeñita ahora
conserve el delfín de palofierro, ya que el espíritu de ambos es precioso)...
más muchos otros hijos "virtuales" que tomamos su ejemplo
de amor y ternura por los demás y por nuestra profesión.
Paty Aristi murió
de cáncer el 17 de abril del año 2000.
Descanse en paz.
Maestra, nosotros
aquí seguiremos tallando manchas de grasa.
