Pequeño manual de sobrevivencia*

 

Dubravka Ugresic.

*Traducción del búlgaro, Reynol Pérez Vázquez.

  

¿Hay vida antes de la muerte? No hace mucho me vino a la memoria esa adivinanza rumana del museo del humor negro comunista y por primera vez me puse a reflexionar sobre ella.

 - No hay- dijo categóricamente mi madre-. Existe sólo la sobrevivencia.

Aquí la palabra sobrevivir ha sustituido por completo a la palabra vida. Con sólo que sobrevivamos de una manera u otra, suspira mi vecina. Lo más importante es que estamos vivos, de una u otra forma vamos a sobrevivir, dice un conocido mío. En estos tiempos lo más importante es sobrevivir, concluye animosamente la señora Mijelina. La señora Mijelina sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, a la primera Croacia independiente, a la Yugoslavia comunista, a la segunda Croacia independiente, a la nueva guerra y con seguridad sabe de lo que está hablando.

Para comprender qué significa sobrevivencia, ante todo uno tiene que haber sobrevivido.

Y si están vivos también sus seres más cercanos, si tiene también un techo sobre su cabeza y si ha conseguido superar la idea de suicidio, el ciudadano del estado de Croacia independiente, reconocido internacionalmente, puede comenzar a sobrevivir en condiciones de tiempo de paz.

- Lo más importante es no desesperarse y no comer carne de puerco- dice mi madre.

Después de una ausencia de varios meses de Zagreb acepto dócilmente todos los consejos.

-¿Por qué?- pregunto.

- Porque la gente cuenta que en los cerdos sacrificados los carniceros han encontrado cadenillas de oro, anillos, coronas dentales...- afirma mi madre con tono conspirador, y después añade con toda tranquilidad:

- Por lo demás, con o sin eso, yo no como carne.

-¿Por qué?

- Porque es carísima.

La gente, dispuesta a sobrevivir, es una raza extraña. Si por casualidad uno se encuentra en un manicomio, no es de desear que se apoye en la lógica del mundo exterior, es necesario que se adapte y respete la locura como una nueva norma de conducta. Quizá justamente eso- la capacidad de adaptación- hace a la gente que practica la sobrevivencia una raza singular.

A la persona que ha decidido sobrevivir le son indispensables ante todo documentos de identidad. Los documentos personales hacen la vida soportable en la antesala del paraíso, con documentos personales es ya posible tomar también decisiones de vida. Después de esperar durante horas en la fila para el fundamental documento de identidad- la cédula de identidad- llegué por fin a la ventanilla. 

-¿Nacionalidad?- vociferó la empleada.

- Anacional- respondí.

-¡No existe nada semejante!- vociferó la empleada.

- Debe tener alguna rúbrica para...el resto.

-¡No tenemos! ¡Declare quién es usted y no me haga perder el tiempo!- dijo la empleada, volviéndose esta vez hacia la fila exactamente con el espíritu de los manuales soviéticos del "buen tono" totalitario.

- De seguro es serbia y tiene miedo reconocerlo- comentó alguien de la fila a mi espalda.

-¿Es usted serbia?- preguntó la empleada.

- Yo soy anacional. Indefinida...- expliqué.

-¿Cómo puede alguien ser indefinido en esta guerra?- se indignó la empleada.

- Diga que es croata y no tendrá problemas- cuchicheó bonachonamente el hombre que se hallaba tras de mí:

- No puedo- respondí -. Mientras que el ciudadano de una nacionalidad de este país sea política, social y humanamente admisible, y por otro lado, inadmisible, me niego a ser incluida en cualquier que ésta sea- le expliqué al hombre mi posición, orgullosa de haberla formulado tan bien.

- Mire usted, tengo un amigo serbio que se anotó como gitano. Diga que es gitana y O.K- se afanaba en ayudarme aquel hombre.

- Yo estoy en la rúbrica otros. O-T-H-E-R-S!- vociferé esta vez yo y vaya a saber por qué, reforcé mi opinión en inglés.

- Con toda esa gente esperando aquí ¡y para colmo viene usted con su insolencia!

- ¡Le voy a anotar esos otros suyos, y lárguese al demonio!- se volvió una vez más a la fila entera la empleada y yo recibí la cédula de identidad que comprueba que de ahora en adelante soy ciudadana de Croacia.

Pronto recibiré también un pasaporte nuevo. En consideración a haber permanecido sentada durante el día entero en la gigantesca fila serpenteante, en la cual sin cesar nos levantábamos para trasladarnos una silla más adelante, el pasaporte croata me será de singular estima. Esta cartilla azul oscuro con un emblema blanco y rojo certifica que soy nacida aquí, donde he nacido, y a causa de la lucha de horas para lograr obtenerlo, voy a respetarlo como si fuera un pasaporte de Luxemburgo. Sólo que a diferencia de los ciudadanos de Luxemburgo, con el mío en todas partes cruzaré las fronteras como OTHER!

Debido a que no soy refugiada y todavía tengo un trabajo, mis posibilidades de sobrevivir en condiciones de paz son considerablemente más altas. Con esmero distribuyo mi sueldo mensual en leche y pan. Alquiler, electricidad, calefacción y teléfono no pago. Periódicos no compro. No como carne. En lugar de frutas y legumbres como a dos carrillos vitaminas americanas. Mi ropa la regalé a los refugiados, las cosas más finas las devoraron las polillas. Zapatos casi no me hacen falta, no salgo a ninguna parte. En vez de cosméticos utilizo residuos de aceite de oliva que compré el año pasado. Aprendí a no quejarme. Pese a todo, un día no pude aguantarme, me quejé con una vecina: una crema, le dije, no puedo comprarme, hasta dónde hemos llegado, el aceite de oliva... 

- Dése por satisfecha con estar viva, tiene un techo donde guarecerse y no está inválida. Imagínese que hubiera estado en el frente y que ahora anduviera arrastrándose en silla de ruedas...- me dice en tono severo la vecina.

- Dios mío, de veras...

-¿O quizá quiera usted que venga Milosevic?- subraya la vecina con voz terrible y casi se me clava en la cara.

- Por nada del mundo, Dios nos guarde...- respondo.

- O que esos serbios repugnantes la violen ¿es eso lo que quiere?- se va acalorando cada vez más la vecina.

- Eso sería horroroso...- murmullo y siento que me estremezco.

-¿O tal vez quiere también que de ahora en adelante vivamos en la cárcel de los pueblos?

-¿Cuál cárcel de los pueblos?

- En la ex Yugoslavia...

- No, en la cárcel no, de ningún modo...- respondo.

-¿Lo ve ahora? Si valora todo eso ¡nos sentimos increíblemente!- exclama mi vecina.

- De verdad- digo con resignación.

- Y sin saber por qué deslizo en sus manos la botella de aceite de oliva.

- Tome- pronuncio conmovida.

- Gracias- dice -. Me vendrá justo para la ensalada de papa.

Al cine no voy, libros no compro. En el cine puede estallar alguna bomba, dicen. No hay libros, las librerías están casi vacías. La cultura no es prioritaria en tiempos de guerra, por supuesto, lo sé, no protesto. Aunque precisamente durante la guerra a todos les resulta agradable cuando se hace referencia a la cultura, a los escritores. He aquí que incluso nuestro presidente jamás refuta a los periodistas cuando se dirigen a él: Usted, señor presidente, es Doctor en ciencias, historiador, escritor...El presidente sólo sonríe aunque no haya escrito ni un renglón. Un renglón poético, quise decir. Por razones desconocidas a todos los países postcomunistas les agrada que sus líderes sean escritores. En lo que a nuestro presidente se refiere, éste tampoco oculta su amor por la literatura. En cuanto muere algún escritor caro al nuevo régimen democrático, el presidente de inmediato aparece en televisión para expresar personalmente sus condolencias.

Libros, como decía, no compro, no hay. En las vitrinas de las librerías están ordenados libritos turístico-patrióticos además de alguno que otro libro aquí y allá. Desconozco los nombres de los autores. Resulta que uno que otro soldado croata, muerto o sobreviviente en la lucha por la defensa de la patria, era también poeta.

A veces me acuerdo con nostalgia de un lejano año totalitario que pasé en Moscú. Mis amigos - pintores, escritores, intelectuales- vivían en una dichosa oposición contra el régimen, todos eran disidentes, todos en la clandestinidad...¡Qué creativa y agitada vida era aquello! Aquí todos erramos en la superficialidad, cuál clandestinidad, votamos democráticamente por un gobierno democrático, lo elegimos nosotros solos...¿Pero qué me está pasando, soy una persona normal, qué estoy buscando, tres pies al gato? ¿He confundido los tiempos, acaso no puedo distinguir el régimen democrático totalitario?

Voy a sobrevivir, pienso, no saldré, no veré a nadie, seré firme... Advierto con placer que mi corazón va cubriéndose con la menuda corteza de la indiferencia. De continuo explota alguna casa serbia, quién tiene la culpa de que hayan construido en nuestra tierra, que ellos vean también lo que es que el techo se desplome en la cabeza, repito las réplicas que he oído y recibo la amable aprobación de quienes me rodean. A menudo muelen a golpes a algún serbio totalmente inocente pero yo no me conmuevo, he aprendido las notas, que ellos vean también lo que es cuando golpean a un inocente, declaro, y recibo la amable aprobación de quienes me rodean. Nadie pone mala cara, nadie hace comentarios, todos a la vez mueven la cabeza en señal de afirmación. Diríase que todo el país, la pequeña y bonita Croacia, se ha convertido en un coro escolar y que todos los días ensayara obediente cantos corales. Y el director del coro, vamos, adivinen quién es...

Ya no me enfado, he decidido sobrevivir. Miro de qué modo los pequeños y simples patriotas trasladan a los sótanos los libros de cirílico por iniciativa propia, claro está, pero algún día sus descendientes les estarán agradecidos. Miro de qué modo de una escuela quitan el nombre de Iván Goran Kovachic, el poeta croata que escribiera el poema más profundo sobre la guerra en la literatura croata. La escuela ahora tiene un nuevo nombre, cierta fecha ligada a los valerosos combatienes croatas. Estamos hasta la coronilla de esos representantes de la cultura yugocomunista, declaran los iniciadores de las nuevas acciones culturales. Tienen razón, profiero, y coloco el libro de Iván Goran Kovachic detrás de algunos otros libros del anaquel. Repito el ademán como una cita, casi con nostalgia. Lo aprendí aquel año, cuando estuve en Moscú. Allí la mitad de la literatura rusa de vanguardia se ocultaba tras los tomos de Lenin.

Miro de qué modo derriban los monumentos de Nikola Tesla en Glina, de Ivo Andric en Visegrad, de las víctimas del fascismo de Brac. Miro de qué modo en la misma isla alzan un monumento a Genscher. Danke Dutschland, danke Genscher! No me enfado, por qué voy a enfadarme. Por un dios, nuestras ciudades han sido arrasadas hasta los cimientos, y yo voy a irritarme por un simple monumento. Por lo demás, es completamente natural que en una democracia la gente levante los monumentos que le vengan en gana y destruya aquellos que no le agraden. 

- Nosotros siempre hemos sido constructores, está en nuestros genes. Si por casualidad destruimos algo, eso no es costumbre nuestra, la aprendimos de esos salvajes, los serbios- afirma mi vecina.

- Tiene usted razón- asiento, acordándome de mi decisión de sobrevivir.

La carne en realidad no me hace falta. Mi nivel de colesterol ha disminuido considerablemente. Me he acostumbrado a sobrevivir, todo marcha sobre ruedas. Me resulta desagradable advertir que la vida, ésta que nos ha quedado, se ha convertido en un agobiante maratón de verdaderas tragedias y cursilería. Me siento algo asfixiada por las tomas televisivas en las cuales el presidente del país entrega solemnemente órdenes a las viudas y a las madres de los soldados caídos. Y ellas, las madres y las viudas, con resignación toman el trozo de metal y en ocasiones alguna de ellas, en señal de agradecimiento por el marido o el hijo perdidos,, ¡besa la mano del presidente! Pero si me esfuerzo un poco, si cierro uno de mis ojos, podré sobrevivir a esto.

A veces me siento desfallecer al ver la mezcla de temor y adoración en el rostro del pueblo, ese anhelo descarado y evidente del rebaño por un líder, pero si cierro mis dos ojos, de algún modo sobreviviré también a esto. Me pongo mal al oír que mis conciudadanos cada vez con mayor frecuencia con enternecimiento llaman a su presidente elegido democráticamente padre, papá, el viejo, olvidando por completo que hasta hace una decena de años llamaban a su vez al viejo a Tito, pero también voy a vencer mi asco.

A veces siento una punzada en el corazón al ver que el pueblo, ufanándose de su historia milenaria, olvida con tal facilidad aquellos años que fueron su propia historia, su propia y modesta vida. Me resulta aún más penoso cuando veo de qué manera los medios presentan al país como una víctima, mientras que la mismo tiempo las víctimas humanas son tan numerosas como anónimas. Confieso que para mí resulta muy difícil pero de algún modo me las arreglaré.

Mi sobrevivencia se presenta algo más difícil cuando en la televisión veo cuadros en los cuales los participantes, igual que actores en una película de vampiros, muestran crucifijos a la cámara. Los hombres con las camisas desabotonadas para que le crucifijo se vea mejor, las mujeres mientras tanto con los cuellos descubiertos...Nosotros somos fieles, somos leales, nosotros somos una cultura occidental, no estamos ávidos de sangre de animales como nuestros enemigos: con pánico señalan los crucifijos de cara a los espectadores. Pero también de esto, me digo, saldré adelante. No soy tonta. Un crucifijo de más o de menos es una nimiedad comparado con la pérdida de la vida.

-¿Usted no lleva cruz?- ,me pregunta una conocida.

- No- respondo.

-¿No habrá sido comunista?- dice amistosamente. El crucifijo en su cuello va detrás de sus palabras con un brillo pío y dorado.

La sobrevivencia se vuelve insoportable cuando me pongo a pensar en los locos que se encuentran al timón del barco destrozado, en todos aquellos terribles, sudorosos, ambiciosos de poder balcánicos que juguetearon con la vida de millones de personas. La sobrevivencia es insoportable cuando me acuerdo de las tragedias personales, de los millones de caídos, desaparecidos, emigrados, huidos; cuando me acuerdo de las víctimas en los campos de prisioneros, de los niños, de aquellos que han sobrevivido al infierno, de la gente de Bosnia que aún está viviendo en el infierno, de aquellos que de ahora en adelante irán a dar en él, de los verdugos que hasta hace poco eran sólo buenos vecinos, de las víctimas, algunas de las cuales también se convertirán en verdugos. Un sudor me baña cuando pienso en los miles y miles de destinos personales, en ese terrible y despiadado desmontamiento de la vida personal. Quién pagará eso, qué nuevo país sanará las heridas, qué nuevo pasaporte puede compensar la pérdida del hijo, qué frontera territorial puede devolver la vida de los que perecieron, me pregunto...

- No lo hagas porque asi jamás podrás sobrevivir- subraya mi madre con cierto tono, desconocido y cáustico.

Un conocido mío cayó presa de una penosa enfermedad. Quiero salir vivo de ésta, dijo. Mi conocido salió vivo pero se transformó por completo. Su mirada es distraída, permanece indiferente al mundo exterior, durante todo el tiempo mantiene una mano en su pulso. Lo verifica, ausculta los latidos del corazón. De vez en cuando su rostro pálido y lavado se cubre de una sombra de odio. Aborrezco a la gente sana, confiesa con toda sinceridad. La sobrevivencia es un estado de autismo emocional, social y moral, de un cierto tipo de insensibilidad.

Un día me llamó por teléfono una amiga de Zafar que había pasado allí todo el año de la guerra. Oh, ahora está mejor, dice, durante el día tenemos agua y electricidad sólo que la gente está muriéndose, se abandona y se muere, sí, ahora está incomparablemente mejor, cuenta, también los teléfonos están funcionando, y el correo, gracias a Dios, se está recibiendo, lo único es que los carteros están muriéndose, ya se murieron dos durante el último mes...

En ocasiones, cuando me parece que ya no puedo aguantar, me pasa por la cabeza en vez de pan y leche comprar gasolina y prenderme fuego en la plaza central de Zagreb igual que Jan Palah.

-Cita- pronunciará despreciativamente el observador informado-: Jan Palah también se prendió fuego.

- De veras- dirá otro- ¿Y para qué era que se habría prendido fuego?

- Pero si no me prendí fuego, si el buen gusto se sobrepone a las ganas de incendiarme, si las ganas de sobrevivir resultan más fuertes que el buen gusto, si, por consiguiente, sobrevivo, probablemente nos veamos en alguna vida futura...


 

Dubravka Ugresic sobrevivió a la guerra. Se refugió en Holanda donde en 1995 publicó el presente ensayo en el volumen titulado Cultura de la mentira (ensayos antipolíticos). El libro se editó posteriormente en Croacia y más tarde se publicaron traducciones al alemán, inglés, polaco, japonés y búlgaro; de esta última procede la presente traducción.

La guerra registrada en territorio serbio en 1999 confirma que lo escrito por la autora croata en 1992 continúa teniendo vigencia. Las continuas víctimas de los enfrentamientos étnicos en Kósovo corroboran la efervescencia de los odios raciales en el territorio de la ex Yugoslavia y cuyo fin pareciera no vislumbrarse.

La clarividencia de Dubravka Ugresic sobre tan compleja problemática constituye un valioso acercamiento a los acontecimientos que se han registrado en la zona y cuyo recuento ha llegado a México con la asepsia propia de las notas informativas.

Cultura de la mentira recibió en Zurich en 1996 el premio Charles Veillon como el mejor libro europeo de ensayos del año.

regresar

 

 

xxxxxxx xxxxxxxxxxxxxx