Ir en el camión es algo cansado y sumamente
aburrido, sobre todo si se ha olvidado un buen libro en la casa.
Ante este problema, aparentemente sin solución, me dispuse
a observar el paraje que me rodeaba, a través de la ventana.
Pájaros de plumas negras en el horizonte marcaban el albor
de un nuevo día, que no era tan nuevo siendo ya altas horas
de la mañana. Pues así me encontré con que
en un pequeño monte había, algo lejos del lugar
por donde suele pasar el camión, lo que parecía un
resbaladero. En realidad era una cuesta de cemento, pero en mi distracción
fue un resbaladero, y desde entonces no ha pasado de ser eso. He
de confesar que después de ver aquel tobogán no volví
a pensar en el mismo, hasta el regreso a casa. Lo vi otra vez y
me embrujó. Pero, ¿quién ha oído de
un resbaladero que embruja a una persona? Pues estaba yo embrujado.
Mientras el camión dejaba atrás al monte, yo estiraba
la cabeza para observar el resbaladero. De pronto creí ver
un destello amarillo. Para mí fue un vestido, tal vez fue
sólo un reflejo del sol, pero, ¿cómo saberlo?
Decidí poner más atención al siguiente día.
Habría que aclarar que aquel día aún siendo
invierno, tenía mucha pinta de verano y yo supongo que era
uno de esos días en que una niña saldría a
jugar a una resbaladilla.
Al día siguiente llovió. Estaba tan molesto que olvidé
por completo mi promesa de volver hacia el lugar que había
visto el día anterior. Así que, cuando regresé
a casa me vi en la penosa situación que causa la curiosidad
cuando está en su mayor apogeo: caminaba de un lado a otro,
buscando qué hacer para estar seguro. Nunca he sido un buen
dibujante ni he gustado del dibujo, pero aun así me esforcé
en tratar de hacer un bosquejo del resbaladero que seguía
dando vueltas en mi mente. Eso era lo que yo creía, pero
en realidad lo que me tenía nervioso y agitado era la niña.
Sabía que era mágica y de amarillo. Sola, estaba sola.
Tenía un cierto aire de libertad, pero no como el viento.
La suya era una libertad marina, como la de las olas que van y vienen
cuando les da la gana. Así también viajaba ella de
la imaginación al recuerdo, aunque sólo había
visto el vestido. Pensé un poco y concluí que llevaba
encaje. Ahora, bueno, ahora es otra cosa tan distinta...
Al tercer día volví a tomar el camión, y esta
vez me puse atento y del lado de la ventanilla para poder observar
el resbaladero que se extendía en el montecito. Esperé
a ver a la niñita. Y de pronto ahí estaba. En la cima
del monte ahora y en la sima después. Pero súbitamente
se perdió de vista entre las ramas y árboles que crecían
en el fondo y donde no se divisaba el final de la resbaladilla.
Me quedé preso de esa imagen durante el resto del camino,
hasta que llegamos a nuestro destino. La "música"
del transporte estaba tan fuerte que no dejaba pensar bien. Empero,
miles de preguntas saltaban en mi mente, dudas que no sabía
por donde empezar a responder. Primero eran cosas triviales y normales,
como su nombre, su edad, sus padres... su independencia. Pero después,
al no volver a verla el cuarto día, me empezaron a atormentar
cuestiones más específicas: el color de sus ojos y
de su cabello, el olor de su vestido restregado contra el cemento
del resbaladero, su rocafú favorito. Llegué a mi casa
desesperado y tratando de dibujar otra vez a la niñita. Qué
ser tan precioso y tan lejano, tan irreal que hasta se podía
tocar. Ese día comí atún, fue el último
día que lo hice y debo admitir que lo extraño un poco.
Al siguiente día empecé a pensar en lo que podría
rodear su vida . ¿Quién la llevaba hasta aquel monte?
¿Cómo llegaba hasta ahí? Y la más importante
de todas las preguntas, ¿qué la esperaba abajo?...
¿o quién? No pude dormir esa noche. Daba vueltas en
la cama viendo a la niña que bien podía no ser mas
que un sueño, un intento fallido por olvidar las deudas y
las costumbres. En cuanto pegaba los ojos, un destello de luz amarilla,
proveniente de su vestido, me obligaba a abrirlos de nuevo. He ahí
otra cosa que me maravillaba. El mismo vestido, siempre.
Hoy me levanté en la mañana y fui nuevamente al montecito.
Me puse pantalones cómodos, que no me molestaran para poder
acercarme a Sarah, así le había puesto la noche anterior.
Me detuve al pie del resbaladero y la vi arriba. Sonrió,
lo vi claro, aunque el sol me pegaba en la cara. Después
se lanzó y yo abrí mis brazos para recibirla, como
si llevara años de conocerle.
Ahora, mi estado es inexplicable, ni yo mismo se porqué
estoy aquí, y creo que ella tampoco sabía nada del
asunto. No sé, me gusta, pero esta sensación es como
estar atrapado en un incansable resbalarse, hasta que alguien abra
los brazos y me lleve hacia fuera. A veces, hasta llego a odiar
el resbaladero, y la primera vez que lo vi. Se hace más borroso
cada vez que me tiro, para ver si hay alguien abajo. Y ya es tiempo,
cada vez se acerca más el tiempo.