Resbaladero

Ilsa Ruíz

Ir en el camión es algo cansado y sumamente aburrido, sobre todo si se ha olvidado un buen libro en la casa. Ante este problema, aparentemente sin solución, me dispuse a observar el paraje que me rodeaba, a través de la ventana. Pájaros de plumas negras en el horizonte marcaban el albor de un nuevo día, que no era tan nuevo siendo ya altas horas de la mañana. Pues así me encontré con que en un pequeño monte había, algo lejos del lugar
por donde suele pasar el camión, lo que parecía un resbaladero. En realidad era una cuesta de cemento, pero en mi distracción fue un resbaladero, y desde entonces no ha pasado de ser eso. He de confesar que después de ver aquel tobogán no volví a pensar en el mismo, hasta el regreso a casa. Lo vi otra vez y me embrujó. Pero, ¿quién ha oído de un resbaladero que embruja a una persona? Pues estaba yo embrujado. Mientras el camión dejaba atrás al monte, yo estiraba la cabeza para observar el resbaladero. De pronto creí ver un destello amarillo. Para mí fue un vestido, tal vez fue sólo un reflejo del sol, pero, ¿cómo saberlo? Decidí poner más atención al siguiente día. Habría que aclarar que aquel día aún siendo invierno, tenía mucha pinta de verano y yo supongo que era uno de esos días en que una niña saldría a jugar a una resbaladilla.

Al día siguiente llovió. Estaba tan molesto que olvidé por completo mi promesa de volver hacia el lugar que había visto el día anterior. Así que, cuando regresé a casa me vi en la penosa situación que causa la curiosidad cuando está en su mayor apogeo: caminaba de un lado a otro, buscando qué hacer para estar seguro. Nunca he sido un buen dibujante ni he gustado del dibujo, pero aun así me esforcé en tratar de hacer un bosquejo del resbaladero que seguía dando vueltas en mi mente. Eso era lo que yo creía, pero en realidad lo que me tenía nervioso y agitado era la niña. Sabía que era mágica y de amarillo. Sola, estaba sola. Tenía un cierto aire de libertad, pero no como el viento. La suya era una libertad marina, como la de las olas que van y vienen cuando les da la gana. Así también viajaba ella de la imaginación al recuerdo, aunque sólo había visto el vestido. Pensé un poco y concluí que llevaba encaje. Ahora, bueno, ahora es otra cosa tan distinta...
Al tercer día volví a tomar el camión, y esta vez me puse atento y del lado de la ventanilla para poder observar el resbaladero que se extendía en el montecito. Esperé a ver a la niñita. Y de pronto ahí estaba. En la cima del monte ahora y en la sima después. Pero súbitamente se perdió de vista entre las ramas y árboles que crecían en el fondo y donde no se divisaba el final de la resbaladilla. Me quedé preso de esa imagen durante el resto del camino, hasta que llegamos a nuestro destino. La "música" del transporte estaba tan fuerte que no dejaba pensar bien. Empero, miles de preguntas saltaban en mi mente, dudas que no sabía por donde empezar a responder. Primero eran cosas triviales y normales, como su nombre, su edad, sus padres... su independencia. Pero después, al no volver a verla el cuarto día, me empezaron a atormentar cuestiones más específicas: el color de sus ojos y de su cabello, el olor de su vestido restregado contra el cemento del resbaladero, su rocafú favorito. Llegué a mi casa desesperado y tratando de dibujar otra vez a la niñita. Qué ser tan precioso y tan lejano, tan irreal que hasta se podía tocar. Ese día comí atún, fue el último día que lo hice y debo admitir que lo extraño un poco.

Al siguiente día empecé a pensar en lo que podría rodear su vida . ¿Quién la llevaba hasta aquel monte? ¿Cómo llegaba hasta ahí? Y la más importante de todas las preguntas, ¿qué la esperaba abajo?... ¿o quién? No pude dormir esa noche. Daba vueltas en la cama viendo a la niña que bien podía no ser mas que un sueño, un intento fallido por olvidar las deudas y las costumbres. En cuanto pegaba los ojos, un destello de luz amarilla, proveniente de su vestido, me obligaba a abrirlos de nuevo. He ahí otra cosa que me maravillaba. El mismo vestido, siempre.

Hoy me levanté en la mañana y fui nuevamente al montecito. Me puse pantalones cómodos, que no me molestaran para poder acercarme a Sarah, así le había puesto la noche anterior. Me detuve al pie del resbaladero y la vi arriba. Sonrió, lo vi claro, aunque el sol me pegaba en la cara. Después se lanzó y yo abrí mis brazos para recibirla, como si llevara años de conocerle.

Ahora, mi estado es inexplicable, ni yo mismo se porqué estoy aquí, y creo que ella tampoco sabía nada del asunto. No sé, me gusta, pero esta sensación es como estar atrapado en un incansable resbalarse, hasta que alguien abra los brazos y me lleve hacia fuera. A veces, hasta llego a odiar el resbaladero, y la primera vez que lo vi. Se hace más borroso cada vez que me tiro, para ver si hay alguien abajo. Y ya es tiempo, cada vez se acerca más el tiempo.


 

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