El progreso de ayer
Manuel Rojas Garcidueñas
Muchas personas, sobre todo los jóvenes, imaginan que solamente a ellos
les ha sido dado vivir el progreso y que los viejos -lo cual incluye
desde sus padres para atrás- tuvieron una vida en la que no ocurrió
ningún cambio tecnológico de consideración. Sin duda el progreso de
la tecnología ha ido acelerándose en los últimos años, pero es un error
creer que nuestros abuelos y bisabuelos vivieron en un mundo estático
y sin ser afectados por avances técnicos. Creo que será aleccionador
considerar qué le ocurrió a un hombre nacido hace ciento ochenta años.
Un hombre nacido a principios del siglo XIX contempló el principio
de la gran industria y del comercio internacional; fue testigo de la
mecanización agrícola con implementos de tiro animal y de vapor y, en
general, de la revolución industrial. Pero lo que deseo presentar ahora
es cómo afectó la tecnología a la vida diaria de una persona de clase
media, un empleado que se juzgaría de monótono vivir.
La vida narrada a continuación está "novelada", pues no todas
la invenciones llegaron de inmediato a todos los lugares. Las fechas
indicadas se refieren al año en que el nuevo invento se empezó a fabricar.
Lo que se refiere no podría quizá aplicarse a una vida transcurrida
en México, pero sí se aplica a una persona de Europa occidental o de
Estados Unidos, por lo que en lugar de llamarle Juan Pérez le llamaremos
John Smith, pero podría ser Jean Dupont o Johann Schmidt.
John Smith nació hacia 1820 cuando empezaban a verse barcos de vapor
(1807), aunque la mayoría eran veleros; había algunas máquinas de vapor
en las minas y fábricas de textiles, pero en general se utilizaba energía
hidráulica o animal; toda transportación de viajeros y mercancías utilizaba
el caballo, y la máxima rapidez posible era el galope de animal. Cuando
el pequeño John iba a visitar a su abuelo en otra ciudad, era llevado
en diligencia, pero aún niño conoció un nuevo medio de locomoción, el
ferrocarril (1829), que lo transportaba con comodidad y rapidez.
En 1838, a los 18 años de edad, John fue a estudiar fuera de casa.
Su madre le extrañaba, pero poco a poco él pudo enviarle de vez en cuando
una fotografía (1839); más importante aún, en caso de algún apuro, (los
económicos eran los más comunes), podía enviar un telegrama (1844) en
lugar de una carta que tardaba una semana en llegar a su destino.
Poco después de graduarse como contador John se casó. Su pobre mujer
se fatigaba cosiendo y remendando ropa, labor usual en los hogares de
ese tiempo, por lo que adquirió una máquina de coser (1846) lo que fue
gran descanso. Por entonces empezó a sufrir de los dientes, pero el
suplicio de ir al dentista terminó gracias a la bendita anestesia (1846).
Años después compró máquinas de escribir (1867) para facilitar su trabajo
y el de sus subordinados y poco después empezaron a aparecer en su oficina
y en su hogar muchos objetos de celuloide, (1869) en sustitución de
los de metal o madera mucho más caros. Como no tenía carruaje propio,
los viajes en la ciudad los hacía en coches de punto, caros y un tanto
impredecibles, pero la aparición de tranvías eléctricos (1880) le permitió
obviar esa molestia.
Para 1880 John Smith tenía 60 años y sus ojos estaban cansados de tanto
revisar números a la luz del quinqué; pensaba en retirarse, pero la
luz eléctrica (1882) le permitió seguir activo un poco más y leer su
periódico sin esfuerzo; también compró un fonógrafo (1877) con el que
disfrutaba con su esposa y sus hijos. Poco después de retirarse compró
un automóvil (1886) y, en él, su hijo lo llevaba a la nueva diversión:
el cinematógrafo (1895). También instaló un teléfono (1884) para hablar
con sus ya pocos amigos. Ya muy viejo, pudo leer en los periódicos y
ver las fotografías de un invento maravilloso, el avión (1905). Tenía
entonces 85 años y volar quedaba fuera de su vida, pero era estupendo
saber de ese logro del hombre, como nos pasa hoy con los viajes a la
Luna.
Y así, en las tardes, como hacen todos los viejos, repasaba cuánto
había ocurrido en su vida desde que siendo niño iba en diligencia a
visitar al abuelo y veía a su padre enviar por un correo a caballo cartas
manuscritas.