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Ciudadanía activa en tiempos electorales

Cada vez que arrancan las campañas electorales en cualquier estado de la República, me entran unas ganas de vomitar que no me las quita la sal de uvas, ni el pepto. Apenas comencé a escuchar las linduras que se dijeron las y los contendientes a la gubernatura del Estado de México, y la boca se me llenó de ese saborcito amargo que tenían las moneditas que encontraba debajo de la cama de mi abuela Julia.

Y como no me quiero ir de vacaciones de Semana Santa con cruda moral, quiero compartirles tres consejos (que retomé de Xavier Velasco, un literato mexicano fantástico), que le permitirán sobrevivir a la marejada propagandística de los y las candidatas en contienda; si en su estado no hay elecciones, de cualquier forma, los consejos le servirán para ejercer una ciudadanía. En síntesis, las tres recomendaciones son: 1) mantener la extranjería emocional ante la publicidad electorera; 2) Evitar ver o escuchar programas de noticias en vivo; y, 3) Eludir cortésmente a quienes nos quieren convencer de votar por X o Y candidato o partido.

Para poder mantenerse en la “extranjería emocional” ante la vastísima propaganda que atosiga nuestros sentidos, es muy importante evitar el contacto visual con los personajes en campaña, ya que usted corre el riesgo de caer rendido/a ante las caritas de “yo no fui” o de “yo sí seré”, o de quedar hipnotizada/o con miradas “profundas”, o maravillada/o con esas sonrisitas de complicidad que los candidatos lucen en los anuncios espectaculares.

Mantener la extranjería emocional, como dice Xabier Velasco, nos permite ver a los participantes de la contienda como lo que son: personajes inverosímiles, o mejor dicho, antiverosímiles, a los que no debemos creer nada en función de lo que proyectan.

El segundo consejo es evitar la televisión o la radio en vivo. Si uno no quiere chutarse media hora de anuncios políticos entreverados con los escasos 15 minutos de programa, lo más cuerdo es verlo grabado. Los podcast nos ponen a salvo del martirio auditivo que representa escuchar verborreas repetidas con promesas irrealizables.

El tercero y último consejo es eludir, con el mayor respeto posible, a todas aquellas personas que, por todas las vías, buscan saber por quién votaremos, para, llegado el caso, “evangelizarnos”, sacarnos de “nuestro error” y podernos reencauzar hasta “la alternativa política correcta”.
De los tres mecanismos de “autodefensa”, este último es el más difícil de aplicar, porque uno nunca sabe de dónde “saltará la liebre”. Me explico.

Basta con que uno diga que resulta interesante que “Morena” apenas se conformó como partido oficial en 2010, y ya parece ser el Partido con más posibilidades de ganar las elecciones presidenciales, para que al instante más de tres te pongan la etiqueta de grillero, marxista, barsonista o plantonista olímpico.

Lo mismo sucede si uno comenta algo en favor del otro bando. Basta con que uno se atreva a comentar cualquier cosa a favor de una de las 550 mil promesas recicladas del PAN, para que en menos de dos segundos, los presentes ya te estén tachando de mocho, fresa, retrógrada, clasista o yunquista. ¡Qué decir si muestro algún gesto de simpatía hacia una idea expresada por algún candidato del PRI! En micras de segundo, quienes me rodean me saturan la memoria del teléfono con una galería de “memes” donde me recuerdan que el PRI no se renovó y no se renovará jamás. Del Verde Ecologista, mejor ni hablar; no vaya a ser que alguien, de plano, me quiera golpear.

Con estas emociones a flor de piel, créame, es difícil ser cortés y empático, especialmente cuando después de la reacción siempre habrá alguien dispuesto a echarme media hora de rollo mareador para convencerme de algo que rechazo por indigno, ilógico y repudiable. Por lo dicho, evito platicar de mis afinidades políticas, mucho menos de por quién voy a votar (por suerte no vivo en el Estado de México, Nayarit o Coahuila, donde habrá elecciones a Gobernador).

Más que por cínico, lo hago por mantener la salud mental. Quiero mantener la cordura ante el derroche millonario que veo y escucho desde que me levanto hasta que me acuesto. Me desquicia toparme en todo momento con promesas de austeridad, eficiencia y cambios de rumbo cuando las y los candidatos no hacen más que dilapidar los recursos públicos. Simplemente en un estado con tanta pobreza como lo es el Estado de México, el gasto diario de las campañas es de 4 millones 759 mil pesos. ¿Cómo no voy a ponerme verde de rabia?

Y si lo mínimo que se exige a un ciudadano, además de pagar impuestos para que los candidatos gasten a sus anchas en sus campañas, es ir a votar cada vez que hay elecciones, ¿qué hacer para mantener nuestro título/rótulo de ciudadanos si no queremos saber nada de las campañas electorales? ¿Cómo mantener una ciudadanía activa en tiempos electorales?

A decir verdad, para ser un ciudadano activo, no es necesario haber nacido en alguno de los Países Bajos, Canadá, Alemania o Inglaterra. Tampoco es necesario encabezar la revolución antitrump 2.0, subirse a un bote de goma para interponerse a un barco ballenero o montar una huelga de hambre en pro de X o Y causa social. Van otros cuatro simples consejitos para que usted pueda mantener su rol de ciudadana/o activo.

Primero, indígnese con todas aquellas cosas que le parecen injustas, reprobables, vomitivas o encabronantes que suceden en su comunidad. Si lo logra, felicítese porque los “ciudadanólogos” dirían que Usted ya puso el pie en la etapa de la “sensibilidad moral”.

Segundo, no rehúya a informarse con detenimiento sobre los males que aquejan al conjunto de nuestra sociedad, así como de las vías que existen para resolverlos. Si realiza esta práctica, poco a poco, irá formándose un juicio crítico que le permitirá articular y promover estrategias de interés común, las cuales podrían a la postre convertirse en exigencias informadas legítimas hacia los candidatos o políticos de turno.

Tercero, superada la etapa de la “opinión informada”, deje llenar su corazón por la llama que lo motivará y conducirá hacia la cuarta y última etapa: la acción.

Ahora va el test, para que autodiagnostique su nivel de actividad ciudadana. Si la tiene, asegúrese de que la empleada doméstica gana un sueldo que le permita vivir en condiciones dignas; cerciórese de que el jardinero del barrio tiene seguro social; súmese u organice alguna acción colectiva; llame la atención al vecino que deje mal estacionado el coche, o al que barra la banqueta usado la manguera; pague sus impuestos; recicle todo lo que pueda; no rehúya a leer el periódico; de vez en cuando mándele un correo a su Diputado para recordarle sus promesas de campaña; no se cuele en la fila; no se salte los semáforos; no se estacione en lugares prohibidos, no desperdicie la luz, el agua...

Como pudo ver, ser un ciudadano activo en tiempos electorales (y no electorales) no precisa de esfuerzos sobrehumanos o heroicos. Si acaso hubiera alguno, sería el vencer la apatía que le impide serlo.



Esta colaboración fue publicada originalmente en NOROESTE el día 10 de abril de 2017.